15. Peter Magnolia en primera persona: sobre su supuesta mala leche
Debo reconocer que a veces tengo mala leche. Pero es inocente. Afirmo y dejo que me discutan: no es una mala leche real, es burlesca, teatral, inofensiva. Y esto no lo digo para disculparme, sino para todo lo contrario: señalarme con el dedo más negro de tinta culpable como derroche inútil de energía.
La energía se balancea, me dijo un día un amigo estúpido. La estupidez es su mayor y mejor virtud, así que deben creerle –y creerme- en su tajante afirmación. La energía se balancea de un lado a otro. Va de aquí allá, de allá aquí. Lo que entra sale y así un sin fin de movimientos y direcciones.
Ay, la mía no.
¿Saben cuál es uno de mis temores infundados? (esto me lo dijo un psicólogo): que un día al penetrar o ser penetrado me quede enganchado para siempre a un tipo que, tal vez, no tenga ni pizca de gracia.
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14. Peter Magnolia en primera persona: pone en práctica con los hombres la teoría de su amigo el abogado.
En camino me puse.
Fui a lo seguro, aposté al caballo ganador y me compré El crimen perfecto de Jean Baudrillard. Le estuve echando un vistazo en el bar de la librería, mientras tomaba un café. Elegí un párrafo (por razones de brevedad y síntesis, me gustó uno de la página 30) Un chico de unos veinticinco años, alto, moreno, de ojos grandes, se me acercó y me preguntó por el libro. ¿Qué te parece?. Yo le dije : lo que se opone a la simulación no es lo real, que no es más que un caso particular, sino la ilusión.
Me miró extraordinariamente sorprendido. Y me dijo
- Hay que devolver su fuerza y su sentido radical a la ilusión
Yo le respondí
- Pero la ilusión del mundo es la manera que tienen las cosas de ofrecerse para lo que son
Y él continuó:
- En la apariencia las cosas son tal y como se ofrecen
Pasamos la tarde juntos. Tomamos un té en otro bar y luego estuvimos dando un paseo por las Ramblas del Raval. Él me contaba cosas de Los Ángeles.
En Los Ángeles, Europa ha desaparecido. Como dice I. Huppert (¿quién?) : “Lo tienen todo. No necesitan nada. Es cierto que envidian y admiran nuestra cultura, pero en el fondo les parecemos como una especie de Tercer Mundo elegante…
Sí, California (y América con ella) es el espejo de NUESTRA DECADENCIA pero ELLA NO ES DECADENTE en absoluto… tiene una vitalidad hiperreal, posee toda la energía del simulacro
No hay nada comparable a un vuelo nocturno por encima de Los Ángeles. Es como una inmensidad luminosa, geométrica, incandescente e infinita.
El chico se sabía Baudrillard de pe a pa. Estaba obsesionado con él. Un día le besé, me dijo. No quise preguntarle dónde ni cómo (pues era evidente que deliraba). Me da rabia que ahora los tíos se vuelvan locos por el intelecto y deseen besar a alguien como Baudrillard, cuando lo que realmente supone esfuerzo y dinero es el gimnasio. Siempre he pensado que es muy fácil (casi lo más fácil del mundo) ser intelectual, porque la biblioteca crece sola. Conforme iba cumpliendo años mi biblioteca crecía conmigo. No es muy grande, mi biblioteca.
Tengo una estantería del Ikea y cinco baldas, en dos de las cuales están la tele y el dvd. En otra tengo la enciclopedia Planeta y en otra la enciclopedia Larousse.
Tengo un atlas y cuatro astérixs.
Tengo una maceta de cintas y una planta del dinero que me regaló mi abuela.
Tengo un pequeño elefante de madera dispuesto con la trompa hacia la pared, en la cual dejo los boletos de lotería, porque dicen que da suerte.
Tengo un portaretratos digital con fotos de actrices de Hollywood de los cincuenta.
Tengo un libro de cocina con mil recetas que nunca uso.
Fuimos a mi casa. El chico se decepcionó con mi biblioteca. Me excusé. Le dije que me acababa de mudar y que aún no me habían llegado las veinticuatro cajas de libros. Entonces se animó un poco. Quiso recuperar la historia de su beso con Baudrillard.
La trascendencia ha estallado en mil fragmentos que son como las esquirlas de un espejo donde todavía vemos reflejarse furtivamente nuestra imagen, poco antes de desaparecer.
Me senté. Escuché pacientemente su historia del beso. Luego fuimos a la cama. Abrazados, desnudos, me llamaba Bodri.
¡Ay, querido Bodri! - me decía.
Y continuaba, entre gemidos…
Cuando los sexos se miran sesgadamente el uno al otro, uno a través del otro. El masculino bizquea sobre el femenino, el femenino sobre el masculino. Ya no es la mirada de la seducción, es un estrabismo sexual generalizado.
De repente paró. Se levantó de la cama.
-¿Qué ocurre?
- Lo siento mucho, pero eres tremendamente aburrido. No consigo excitarme.
- ¿Y esto Baudrillard cuándo lo dice?
- Esto lo digo yo –
- ¿Es por mi calva, verdad? – sabía que era por eso
- A tu calva no le faltan pelos, sino otra cosa…
- ¡Un sombrero!
- No, idiota, le falta masa gris…
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13. El amigo abogado de Peter Magnolia en primera persona: mujeres y literatura
Se liga mucho con el intelecto. Yo ligué varias veces gracias a Milan Kundera. Vila-Matas es mal compañero, aunque fascina a las francesas. Hasta el año pasado, Foucault era un máquina, ahora anda un tanto desinflado, como en estado de pitopausia. Los rusos siempre funcionan y combinan bien entre sí (a muchas les vuelven locas las novecientas páginas de Los Hermanos Karamázov en conjunción con una selección de cuentos de Tòlstoi). Houellebecq les espantaba al principio pero ahora les chifla (al fin y al cabo habla de depresiones masculinas). Cortazar vuelve con fuerza. A quienes les gusta Cortazar les suele ir bien un poco de Bukowski, pero nada de Burroghs, en todo caso, si se quiere introducir el factor Generación Beat, Kerouac. Ginsberg, por descontado, prohibido. La del 27 (Lorca el primero) es del todo desaconsejable. Solo le mola a las gordas y a los maricas de cincuenta años. Y, del mismo modo, Rimbaud solo a las niñatas. A las neohippies les pone La Historia Interminable. A las arquitectas y las ingenieras, Italo Calvino. A las feministas, solo mujeres. Sobre todo, cómo no, Virginia Woolf. Susan Sontag a las fotógrafas. Paul Auster a las de mediana edad. El hombre sin atributos de Musil les divierte mucho a las que no saben divertirse. Suelen llevar gafas. Y no les inquieta que uno no haya leído nada de Thomas Mann y le considere aburrido. Benjamin les apasiona a las abogadas. En el mundo del teatro triunfa Baricco. Y Borges en los clubs de ajedrecistas. Pero quien se lleva la palma es Baudrillard, que les gusta a todas y es un vasodilatador excelente.
Siempre hay excepciones, claro, rarezas, como una que conocí en la sala de espera de un ambulatorio y que trabajaba de portera, con su madre. Le encantaba Kant (dijo “me encanta Kant” - yo le respondí “y a mí D’artacán y me largué, porque por ahí sí que no paso. Lo más cerca que he estado de Kant ha sido a través de un texto de internet sobre puntualidad, que comenzaba de esta guisa: ¿sabías que EL EMINENTE FILÓSOFO ALEMÁN EMMANUEL KANT era tan puntual que sus vecinos ponían su reloj en hora con su paseo de las cinco?)
Virgina Woolf no siempre funciona con las feministas, por poner un ejemplo. Una de cada diez la considera sobrevalorada y prefieren cien veces a Karen Blixer o a Emily Dickinson. Hubo una feminista a la que me tiré criticando a Agatha Christie.
Quiero decir, no hay nada seguro, no se puede dar nada por seguro.
Salvando una sola cosa: a ninguna le pone Camilo José Cela.
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12. Peter Magnolia en primera persona: el juicio
Estuve a punto de ir a la cárcel. Me salvó un pequeño detalle del que nadie se percató al principio. Mi abogado (un amigo de la universidad) insistió en definir mi broma como una adaptación. ¿Qué adaptación?, le pregunté una noche, tomando una cerveza. “Eres un artista, un fenómeno”. Me sacó un libro de Milan Kundera. “La Broma”. Léetelo, me dijo, sonriente.
Me lo leí. Es la historia de un joven en la Checoslovaquia comunista que por una broma (una carta furiosa y breve enviada a un ligue) es rechazado por la sociedad y deportado a un campo de trabajo…
(…)una profunda indagación acerca del absurdo que parece regir tanto la vida de los seres humanos como la de las instituciones
No sabía qué pensar. ¿Una adaptación de una vieja novela de la época comunista? ¿Eso quería decir que, además de chantajista, era poco original?
“No”, me dijo, “eso dará a entender al juez que todo ha sido una simple broma, producto de un sentido irreverente e irresponsable de la vida. Te pintaré como una diva decadente. Pasarás de un lado al otro golpeándote y, a pesar de todo, manteniendo la sonrisa. Ese será tu papel. Se trata de convencer de que tu condición de inadaptado social prevalece sobre el acto criminal, hasta darle la vuelta, hasta hacer ver que, realmente, eres una víctima del sistema”.
Me explicó que nuevas técnicas de la abogacía promovían la impureza, la hibridación como formas sutiles de renovación de discursos. Al fin y al cabo un juicio se desarrollaba siguiendo una estructura de exhibición, espectacular. Las técnicas válidas para las artes escénicas lo eran igualmente para lo judicial. Poesía, cine, metáforas vitales… esta nueva visión de la abogacía, aunque requería un trabajo doble, resultaba gratificante para el intelecto.
Antes de la vista, me pasó su discurso : ¡era tan ampuloso! Decía cosas como “mi cliente vive condenado en un agujero llamado Literatura” o ¿acaso fue el Quijote un chantajista cuando, trasladando la Literatura al real, engañó a Sancho con el cuento de la gobernación de una ínsula?”
Finalmente no hubo necesidad de tanto teatro. La jueza desestimó toda realidad cuando descubrió que el supuesto chantaje se había producido el primer día de trabajo y que, además, yo no conocía de nada a mi jefe como para saber de su vida íntima. Eso sí, le pareció una broma de muy mal gusto y me condenó a resarcirle con quinientas mil pesetas de las de entonces. Pero, además, me sermoneó: lo que había hecho era una inmoralidad, una broma inmoral que descubre un alma sumamente retrasada e infelizmente näif
Mi amigo, al menos, se la ligó, a través de un par de conversaciones sobre Ortega y Gasset.
11. Peter Magnolia en primera persona: el chantaje
Mi jefe me despidió. Y me denunció por chantaje. Resultó que era verdad que tenía un ya sabes qué. Me citó en su despacho (no recuerdo absolutamente nada de su despacho : interior : luz blanca, general : moqueta : mesa rectangular : ¿no son así todos los despachos?). Él estaba de pié y me dio la mano. Recuerdo… él me interrumpió, me interrumpía a cada momento. No me dejaba acabar las frases. Me dijo : te voy a denunciar, no, primero te voy a despedir y luego te voy a denunciar, no, no, primero te denuncio y luego te despido, eso es. Yo le dije que no sabía nada de, que lo había escrito como una broma a. Él me dijo que era una broma de muy mal gusto y que me merecía un castigo. Yo le dije que eso era peor que. Él me dijo que no me entendía, que le dejara hablar. Él me dijo que se había creído la historia y que por un momento - durante toda una larga noche - estuvo meditando la posibilidad de aceptar. No, no dijo aceptar, dijo claudicar. Eso es. Lo peor, continuó, no era la obligación a la que se sometía en chantaje sino la ignominia de tener que reconocer, aunque sea de puertas adentro, que se está en posesión de algo por lo cual te pueden chantajear (algo sucio, dijo). Él tuvo que condenar mil veces sus actos . Tuve que condenar MIL VECES mis actos. Y, total, ¿por qué? - continuó. ¿Por qué debo condenar nada? ¿Es que no estoy en mi derecho? ¿Acaso hago ALGO MALO? ¡Usted sí que hace ALGO MALO! ¡Usted es el criminal! Y pensar que confiaba en usted.
Yo le dije que podía seguir CONFIANDO EN MÍ, que no había cambiado, NADA HABÍA CAMBIADO ENTRE NOSOTROS. Nos abrazamos. Creo que lloramos. Yo lloré. Y él también. Él tuvo que sentarse. Pero, en realidad, me detuve momentos antes de que todo esto ocurriera y no llegué a decirle QUE LO SENTÍA ENORMEMENTE, me detuve y no llegué a hacerle entender que nada había cambiado, que podíamos seguir igual que siempre, en nuestra cómoda relación de jefe y subalterno, con nuestras simpáticas muestras de cordialidad y respeto, trabajando codo con codo, siempre a la disposición, sino que me le quedé… mirando sin más y él abrió su puerta y me pidió (amargamente) que me marchara, que ya recibiría aviso de sus abogados y que no me deseaba suerte.
- No me desee nada - le respondí
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10. Peter Magnolia en primera persona: la secretaria y su hermana gemela.
Desafortunadas o no, las historias que me pasan las cuento sin ningún afecto. Soy un tipo excelente. Estoy bien educado. Sé de la vida. Tengo buen temple.
Por ejemplo, el una vez mi jefe, el en cierta ocasión jefe mío - cuando fui contable - me señaló: has de venir a tu hora o si no… Pues bien, aquella misma noche escribí una carta que comenzaba así:
Querido jefe, una serie de fotos muy comprometedoras sobre usted y ya sabe usted quién han caído en mis manos. Me las dio… ya sabe usted quién. No tiene usted nada que temer. Conmigo puede estar usted tranquilo. Soy un tipo prudente. ¡Siempre miro el gas antes de marcharme de casa! - (Por eso me retraso cinco minutos - por prudencia).
Soy tan elegante que no quise estar presente cuando la leyera y le di la nota a su secretaria para que la pasara.
Además, le dije a su secretaria:
-Usted no tiene ni idea de quién soy yo
Ella me miró y empezó a reír. Esa risita… La había escuchado antes. Le pedí que se callara. La observé detenidamente… (¡qué ojos tan pequeños! ¿llevaba gafas? ¿usaba maquillaje? ¿y esas coletas?)
- ¿Podría volver a reír, por favor?
Me respondió muy seca que no podía, que tenía trabajo. Comenzó a revolver unos papeles. Parecía incómoda. Se levantó y retrocedió unos pasos. Llevaba los papeles medio arrugados en las manos. Los tiró en una papelera. Yo no dejaba de observarla. Cabeza pequeña, cuello largo, corta de hombros, rebeca rosa, pechos pequeños, escasa de cintura… ¡Rebeca rosa!. A través de la rebeca rosa recordé una cadena con la imagen de una virgen (no recuerdo cuál). Me fijé en su cuello mientras ella se inclinaba a recoger unos papeles que se le habían caído al suelo, pero no llevaba ninguna cadena. Podría ser que la hubiera perdido. Contrariado (pero ahí estaba la rebeca rosa, a eso me agarraba), miré sus tobillos, por si me decían algo. Llevaba unos vaqueros ajustados y unos zapatos rojos de punta.
Y entonces supe que lo que me molestaba eran sus gafas.
- Perdone ¿siempre ha usado gafas?
- Sí…
Me di por vencido. Era evidente que me equivocaba. Y entonces ella me dijo:
- Me confunde con mi hermana, cosa normal, no se preocupe, porque somos casi gemelas. Ella no tiene dioptrías. Y yo tengo por las dos. - Y se rió de nuevo. Y entonces sí que me acordé de su hermana. Se lo dije. Dejó de reír. Creo que le molestaba que le comparasen con su hermana, al fin y al cabo ella era la que cargaba con las dioptrías.
Lamento ser así de esquemático pero es tal y como lo recuerdo.
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9. Peter Magnolia y el sexo del joven imberbe
Ese mismo día octavo, un poco antes, Peter decidió probar una teoría, la cual, tras mucho pensarla, había conseguido resumir en la siguiente frase: con 17 años a todo el mundo le gusta que le soben el telescopio.
Pero Peter quería ir más allá, quería probar que esto era cierto incluso con una almohada sobre la cara.
Esa tarde, sentado a su lado, le dijo al joven imberbe, con el que hasta entonces solo acostumbraba a hablar de Dragonball GZ: oye, hoy juguemos a algo distinto. Se trata de puro misterio, relacionado con tu cuerpo.
- Mi cuerpo no tiene ningún misterio
“Para demostrarte lo equivocado que estás, me has de permitir una cosa”
Y acto seguido le comentó su teoría.
¡Si hubierais visto la cara que puso! A Peter le enterneció tanto como la idea de comprarse un sombrero. Pareciera que llevase siglos esperando que alguien se le ofreciera para algo semejante.
Ante tamaña dosis de entusiasmo, Peter consideró que podía ahorrarse el largo preámbulo que había escrito reforzando la necesidad de que todo ocurriera CON UNA ALMOHADA tapando ese rostro más bien grosero.
Podía ir al grano (o a los granos), algo que, si bien normalmente le fastidiaba (amaba con profusión los protocolos) en esta ocasión estaba justificado: el chaval podría echarse atrás ante tanta palabrería. Así que se lo soltó en una misma frase, sin puntos ni coma, con un solo verbo imperativo: ponte esto.
El joven obedeció. Cogió la almohada y se la colocó sobre la cara.
Peter no daba crédito. Ante sí tenía el cuerpo convaleciente y algo gordito de un joven imberbe, dispuesto como un paquete de mortadela a que le manoseara el telescopio.
Le bajó los pantalones y los calzoncillos (que, por cierto, justo en la punta del paquete ofrecían la imagen sonriente del Chin Chan) y le contempló el pito, que estaba expectante, esto es, se movía arriba abajo.
Se lo metió en la boca. Estuvo así un par de minutos. El chaval se vino rápido y sin avisar.
Peter hizo lo que pudo por contener el líquido seminal en su boca y no tragarlo. Mientras meditaba con determinación dónde lo soltaría (las opciones eran una maceta con un geranio rojo o un canasto de mimbre con ropa sucia), el chaval mostró su cara de tímido contento y se subió los pantalones del pijama.
Entonces se abrió la puerta y entró la madre con los dos vasos de leche. Peter cogió el suyo, bebió y vomitó.
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8. Peter Magnolia y la madre de un joven imberbe.
Conoció a un joven imberbe que, pobre, tenía una enfermedad que le obligaba a permanecer en cama. Iba a visitarle todos los días, después de comer. Estaba con él cuatro horas y se iba siempre antes de cenar. La madre del joven entraba en el dormitorio todos los días a las seis de la tarde con un par de vasos de leche con cacao, pero Peter jamás lo aceptaba, hasta que la madre se acostumbró a solo traer un vaso de leche. A partir de entonces Peter solicitó su vaso de leche, pero cuando se lo traía él lo dejaba olvidado en la mesa de noche. La madre volvió a no servirle vaso alguno. Pero Peter, que era especialmente insistente, lo solicitó de nuevo. La madre harta pero incapaz de rechistarle, ideó lo siguiente: servirle exactamente el mismo vaso de leche todos los días, como él nunca lo probaba, nada malo podía ocurrir. Por temor a los olores y como el gasto sería mínimo, la madre cambiaría la leche de Peter cada quince días. Sin embargo, al octavo día Peter recibió la leche de la madre con especial contento y delante de su cara de asombro se la bebió. Vomitó sobre la colcha del joven imberbe. La madre, apuradísima, le palmeó la espalda. A Peter lo único que se le ocurrió entonces, con un rastro de baba blanca en los labios, fue soltarle un gruñido, como de doberman cabreado.
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7. Las cosas terminaron mal para Peter Magnolia
Era un año chungo. Se desvivió por el prójimo en vano. Quiso hacerse santo, pero no creía en nada. Se vestía de negro. Pensó comprarse un sombrero para ocultar su calva. Frente al espejo del baño, con luz cenital, se tapaba la calva con la mano y entonces, decididamente, sabía que ella era la culpable. Tenía un rostro bonito. Delgado, de facciones marcadas, cuando miraba de reojo se atraía a sí mismo, como si fuera el flujo de un viento en contra.
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6. Peter Magnolia y la suerte
La suerte está de tu lado hasta que se te cruza. Pero la palabra es capaz de transformar el sentido de lo afortunado y volverlo en contra. Peter Magnolia ha desaparecido. Se le presume muerto, aunque en realidad nadie presume, nada le echa de menos. Y eso ocurre. La vida sigue. La tierra no se detiene. Tal vez, Peter Magnolia se haya transformado en otro ser. Me dijeron: “le he visto”. ¿Dónde?. Hecho una costra. Era una costra que crecía, nacida del estrés, cautivada por la barbilla de un joven y por su rostro y por su espalda y creció hasta engullirle. Era sexo, de nuevo. Era la suerte. Su transformación.
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5. Peter Magnolia y la mujer
Lo ideal sería que amaras a una mujer, la desearas. Sería más fácil, serías más feliz. En cambio, solo pueden ser tus amigas.
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4. Peter Magnolia y el dolor
Se queja. No puede dormir. Por las mañanas me tira de la oreja. Está sonriente. Parece no recordar. “Hubo una vez…” Todo es un cuento. Eres un niño, Peter. La muerte es todavía un personaje difuminado.
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3. Peter Magnolia y los hombres
Es indecible lo tuyo y el sexo, y en general, buscas y rebuscas debajo de las piedras por si encuentras el GRAN SEXO. Claro que sabes que el GRAN SEXO solo se da en una ocasión y esa ocasión ya se acabó.
El hombre no tiene intención de sexo contigo, aunque te mira.
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2. Peter Magnolia y el sombrero
Peter Magnolia no tiene sombrero. Miró debajo de su mesa de escritorio. Recordó entonces que había escondido su dinero en otra parte por miedo a que se lo comieran las ratas. ¿Pero, dónde?. Miró de nuevo bajo su mesa de escritorio. Nada, ni un céntimo. ¿Dónde?. Abrió la ventana. Necesitaba un soplo de aire y asomó la cabeza. Sintió un frío terrible en la calva.
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1. Sobre Peter Magnolia. Es inconfesable el amor que le tiene.
Acerca de Peter Magnolia, todo se ha dicho.
“Un hombre se le acercó y le clavó un puñal en el vientre”
“Una fuerza extraña y natural lo arrastró hacia las profundidades del mar”
“Una enfermedad lo postró en una silla de ruedas”
“Se suicidó”
“Atravesó una calle, le atropelló un coche”.
“Robó un banco, huyó, le acribilló la policía en un parking”.
3 Comentarios
El número 8 debería llamarse “la mala leche de la madre” o “una madre con mala leche”.
Te leo. No siempre escribo, pero sabes que te leo.
Abrazos
tiene guasa no beber leche y cuando lo haces… vomitas, que asco¡¡¡ esa colcha pringá de liquido biscoso y blanquecino, me lo imagino, lo estoy holiendo, uf¡¡ que peste a vómito de bebe cuando te riega el hombre al echar el flatito del biberón.
matrocinio eres estupendo¡¡¡
tremendo cambio le has dado al blog…pobre Peter, me hubiese gustado que robase un banco sin morir. Veo (leo) que por México todo lindo, querido.
Love,
C.
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