Extract – Ciudad de Cristal (Paul Auster)

“En el pasado Quinn había sido más ambicioso. De joven había publicado varios libros de poesía, había escrito obras de teatro y ensayos críticos y había trabajado en varias traducciones largas. Pero bruscamente había renunciado a todo eso. Una parte de él había muerto, dijo a sus amigos, y no quería que volviera a aparecérsele. Fue entonces cuando adoptó el nombre de William Wilson. Quinn ya no era la parte de él capaz de escribir libros, y aunque en muchos sentidos Quinn continuaba escribiendo, ya no existía para nadie más que para él.

Había seguido escribiendo porque era lo único que se sentía capaz de hacer. Las novelas de misterio le parecieron una solución razonable. Le costaba poco inventar las intrincadas historias que requerían y escribía bien, a menudo a pesar de sí mismo, como sin hacer ningún esfuerzo. Dado que no se consideraba autor de lo que escribía, tampoco se sentía responsable de ello, y por lo tanto no estaba obligado a defenderlo en su corazón. William Wilson, después de todo, era una invención, y aunque había nacido dentro del propio Quinn, ahora llevaba una vida independiente. Quinn le trataba con deferencia, a veces incluso con admiración, pero nunca llegó al punto de creer que él y William Wilson fueran el mismo hombre.

(…)

-¿Sí?

Hubo una larga pausa al otro extremo de la línea y por un momento Quinn pensó que la persona que llamaba había colgado. Luego, como si viniera de muy lejos, le llegó el sonido de una voz distinta de todas las que había oído. Era a la vez mecánica y llena de sentimiento, apenas más alta que un murmullo y sin embargo perfectamente audible, y tan uniforme en el tono que no pudo saber si pertenecía a un hombre o a una mujer.

– ¿Oiga? – dijo la voz.

– ¿Quién es? – preguntó Quinn.

– ¿Oiga? – repitió la voz.

– Le estoy escuchando – dijo Quinn -. ¿Quién es?

– ¿Es usted Paul Auster? -preguntó la voz-. Quisiera hablar con el señor Paul Auster.

– Aquí no hay nadie que se llame así.

– Paul Auster. De la Agencia de Detectives Auster.

– Lo siento -dijo Quinn-. Debe de haberse equivocado de número.

– Es un asunto de máxima urgencia – dijo la voz.

– Yo no puedo hacer nada por usted -contestó Quinn-. Aquí no hay ningún Paul Auster.

– Usted no lo entiende -dijo la voz-. El tiempo se acaba.

– Entonces le sugiero que marque de nuevo. Esto no es una agencia de detectives.

Quinn colgó el teléfono. Se quedó de pie en el frío suelo, mirándose los pies, las rodillas, el pene fláccido. Durante un segundo lamentó haber sido tan brusco con la persona que llamaba. Podría haber sido interesante, pensó, seguirle la corriente durante un rato. Quizá podría haber averiguado algo del caso, quizá incluso le habría ayudado de alguna manera. “Tengo que aprender a pensar más deprisa cuando estoy de pie”, se dijo.”

– Ciudad de Cristal – Paul Auster – trad. de Maribel de Juan – edit. Planeta 2000

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