Inconcluso: de una revelación en forma de pájaro libador

Esta mañana, como parte clarina de una ensoñación brumosa, he visto un colibrí.

Debo decir que frente a mi cama de matrimonio dos puertas acristaladas dan a una terraza con suelo de listones de madera, a través de los cuales se ve el piso de abajo, en medio una gran pecera vacía, más adelante un porche sin enredadera (pero con una lamparita de enrejado) que se impone adusto con cuatro postes que recuerdan a aquellos de madera de la red eléctrica en viejas carreteras; y muros del mismo azul que mi cuarto. Todo salpicado de plantas que, por estar acabándose la temporada de lluvias, gozan de un verdor espléndido. Hay, además, para los amantes del concepto “sombra” y “a la sombra”, una sombrilla blanquiamarilla abierta, despampanante, como si lo de la temporada lluviosa le quedara chiquita; dos sillas de diversa forma y diverso azul y una mesita verde pistacho de una cierta condición ikea, cuyo carácter sobrante aún me remueve la conciencia (pero como es pequeña y casi parece una bandeja de plástico sobre tres soportales, la ignoro). Unas escaleras de madera dan acceso al piso de arriba, la azotea.

Así que estaba en la cama, dejando atrás un café con leche demasiado tempranero. Tenía en mis manos un libro que, como solo saben hacerlo los libros (y afortunadamente es así), dejé caer y se perdió entre los pliegues azules del edredón. Hubo una época en la que esto mismo me ocurría con tazas llenas de café con leche y otra en la que lo que se me caía era el cigarro encendido. Está claro que, por preferir, me quedo con la caída del libro, mucho más limpia y menos agresiva. Y así, ladeada mi cabeza y libro edredoneando, entrecierro los ojos y me abandono al vagabundeo de las ideas… Hasta que, al cabo de un cierto tiempo, no sabría decir cuánto, veo algo que se mueve de forma extraña en la terraza. Va de flor en flor, con una rectitud en la dirección del vuelo impropia, digamos, de los abejorros, que es en lo primero que pensó mi mente mediterránea, que esa sombra volátil era un abejorro a la americana, esto es, del tamaño de un ratón. Me acerco a la puerta y distingo un pajarito diminuto de pico pistilado: un colibrí… y me exalto (¡qué tonto!):

– ¡Un colibrí, un colibrí!

El bicho ni me miró: libó una flor más y se fue por donde vino.

Pero yo cogí el cuaderno rojo y cacareé esta parrafada, tumbado en la moqueta, que es de un tono gris-azul.

Porque me resultó… ¿cómo decirlo? Anunciador. Simbólico. Una revelación. Tuve la tentación de creer ver todo México anunciándoseme en aquel pajarito del tamaño de una lagartija. Ni mariachis ni la Virgen de Guadalupe, un colibrí.

Oh sí, aquello tuvo un carácter mágico. Le faltó el coro de voces angelicales. Aunque por la hora que era quizás la hubiesen cagado. ¿Qué hubieran podido corear, una cantata de Bach, los Stebat maters de Vivaldi, una rondalla, una habanera en catalán (la cosa empeora por momentos)?

Luego de esta primera impresión tuve el estadío de resaca, porque me vino a la mente la imagen de Bambi, cuando se le posa la mariposa en el rabo. Y de esa mariposa acudió otra imagen mucho menos grata: el final del film “Mi mejor amigo: Klaus Kinski” de Herzog, del que os pongo un youtube para que os cercioréis de su “bondad”

Me revolví del empalago sobre la moqueta. Estaba atravesando un pronto “principe de Beckelair” importante. Dejé el cuaderno rojo sobre la mesa. Me tumbé en la cama y me mansturbé.

Y alguno pensará: oh, pobre colibrí que ve transmutada su anunciación en una paja matutina.

Para justificarme diré que el colibrí no jugó ningún papel importante en el acto posterior, sino que resolvió en un solo instante el paso decisivo en mi caminar mexicano. Lo que vino a revelar (y para más inri al tercer día) era la constatación de una rutina, liberándome de la inercia “no hay tiempo que perder lo hemos de ver todo” del turista común (bueno, común… ¿hay otro, digamos, no común?)

Y es que, como os podéis imaginar, resulta difícil comenzar por algo en México, porque todo atropella con la apariencia de su oportunidad, ingenio e importancia. Tantas veces me repetí (y os canté) “no seré ambicioso, no lo pretenderé ver todo, allá en México, pues ya solo DF es un país en sí mismo“, tantas veces aquí me he visto impelido, en estos primeros días, a un desbordamiento de las inquietudes, dejándome arrastrar por aquí y por allá en busca del misterio, o de la virgen de Guadalupe o de cualquier otra cosa que responda a, ejem… “lo mexicano”.

Pero además el colibrí me ha servido retroactivamente, es decir, me ha permitido releer estos primeros días míos y contemplar con cierta satisfacción que mi deambular fue en todo momento, inconscientemente, muy inópico, si se me permite la expresión. Se diría que me atuve a una estrategia de no-visión, que potencié la mirada hacia los recodos elípticos, que pinté desde la consideración del vacío y no desde la necesidad de cubrirlo todo. Sin duda a eso ayudó el no poseer móvil ni guía ni plano ni mapa ni relog o despertador, cosa que desde luego se va a acabar ya, porque, como todo estado de gracia, éste de la inopia, llevado al exceso, conduce a un romanticismo preocupante: el del tonto del pueblo, el beodo, el adicto a la bohemia rancia, el seguidor de la Adele H. de Truffaut, y en fin… ayer me compré una guía y del lunes no pasa que adquiera un móvil.

Tengo, entonces, un lienzo en blanco. México es un lienzo en blanco. Esto parece una obviedad, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta que el turismo muestra el mundo al modo “donde está Wally”, como esos dibujos de Barcelona que se venden en los quioscos de las Ramblas y en los que se representa la ciudad atiborrada de monumentos. Yo he decidido el camino opuesto, un proceso a lo haiku (que mal quedo diciendo esto), una epifanía, un alumbramiento desde la nada, desde el no conocer nada, un fondo blanco del cual van emergiendo elementos, objetos, hechos, personas, sin la cansina exigencia de representar el todo.

Por eso, quizás, puede aparecérseme un colibrí en vez de la Virgen de Guadalupe. Y no digo que la Guadalupe se le presente a cualquiera, sino que todos pretenden encontrársela en cada esquina, a cada momento, nada más aterriza el avión, o antes incluso, en la vista aérea de una ciudad que niega la vista por acapararla toda, con lindes que realmente se diría rondan los de la imaginación, más allá de las montañas más lejanas, desvanecida en la bruma.

Cuando, por ejemplo, un turista se pasea por los alrededores de la Catedral de Sevilla, o por el barrio de Santa Cruz, se inquieta si no encuentra motivos que satisfagan su necesidad de entender el andalucismo. Ocurre igual aquí (en todas partes). Una vorágine excrementoria, la del circuito que promueven las agencias turísticas, empuja al turista a desear abarcar en un cop d’ull algo tan… iba a decir absurdo, pues sí, lo digo, algo tan absurdo como es la mexicanidad, nominación que encierra la negación de lo que anuncia, esto es, típico oxímeron en las baldías tierras del mundo globalizado.

Ni andalucismo ni mexicanidad. Un lienzo en blanco, ciertas imágenes que tras surgir comienzan a repetirse generando un rasgo vivencial…

Como: la esquina de mi calle, una figura escultórica (creo que de barro, pero vete a saber) de San Francisco bajo la cual reza un epígrafe que no recuerdo (la rutina tiene eso, que uno la mira de soslayo)

O la imagen del colibrí.

O la vivencia-acontecimiento de mi primer “mall”. Nunca he deseado con más fuerza saber de usos gastronómicos (o al menos de horticultura) que ante ese cúmulo tremendo de frutas, verduras, legumbres desconocidas. Finalmente dejé la compra a la mitad, porque un centro comercial es aquí-allí-en todas partes un espacio contingente de índole machacón-torturador y me habían pasado las horas (sí, horas) absorto ante cosas como un pedazo de cactus que al parecer se come en ensalada (nopal), y ya…

De ese lienzo en blanco que es-está siendo México ya ha florecido una evidencia estimulante, que conforma un mundo en sí mismo: el lenguaje.

Siento mi castellano turbio y enrarecido como pueda serlo el agua resultante de una cañería enfangada. Y no es que aspire de nuevo a trocar mi acento (fácil suponer eso de mí, que por 7 años en Barcelona tengo el gaditano completamente inhibido) sino que descubro maravillado otra obviedad; la plasticidad del lenguaje, con la que ni lo arquitectónico resiste comparación. Un espacio y su lenguaje: la misma cosa son (iba a decir que son almas gemelas, pero hasta esto me parece insuficiente) Esto conlleva la siguiente observación: de la estrategía de la no-visión como pauta de conocimiento de un lugar surge una subestrategia: la de aprenderse los nombres de corrido, forzar su fijación en la memoria, hacerlos de la rutina de uno, consubstanciarse a ellos hasta que pierdan esa esotérica belleza que les otorga una pronunciación puntual. Coyoacán, Tres Cruces, tamales oaxaqueños, pozole, fresa, Cuauhtémoc… Quiero inventariarlos… o no, mejor dicho, quiero dejar de alucinar y alunizar en ellos para ubicarlos en esa zona del córtex cerebral (si es que es ahí: mi cultura neurológica está tan verde como mi mexicanidad) donde quedan los hechos no medidos ni premeditados, los matices, las pequeñas rutinas y los espacios espontáneos del cariño, entre otras muchas cosas.

Parece que me esté impacientando, pero todo lo contrario. ¡Que le den a Wally!. No busco palabras exóticas, porque lo exótico aquí son otras palabras, tipo: cutre, hortera, joder o coño. Las palabras están en el espacio, lo conforman y uno se topa con ellas del mismo modo con que se topa con una mesita de noche, de repente y en plena rodilla.

Quizás lo único que haya buscado (inútilmente hasta el momento) es sexo… Y sin más lo digo así. No es que quiera jalear con nadie de forma extraña, ni esté por la labor de sondear callejones oscuros… Más bien me ha costado entender que mi rutina ahora es otra y, por lo tanto, necesito tiempo para establecer un concreto del cortejo equivalente al de Barcelona, esto es, espacios, gentes, modos de canalización y momentos para todo ello. Sin más. No me atormento. Solo hago cosas como mansturbarme después de ver un colibrí… pero ¿quién no ha hecho algo así?

BREVÍSIMO: FINAL 1: para todos aquellos que se me inquietan por el tema de la seguridad, una frase de un escritor mexicano al que descubrí “ayer mismito”, Guillermo Sheridan:

No hay que mirar hacia el futuro con esperanza, ni hacia el pasado con nostalgia, sino hacia los lados y con cuidado.

(Como para que veáis: lo tengo presente)

BREVÍSIMO: FINAL 2: sin embargo, de este Guillermo Sheridan prefiero quedarme con un personaje (real o inventado?) de una de sus crónicas titulada “Hombres como usted”, que así comienza:

Por tres razones milito como aficionado a la leyenda del cineasta Juan Orol: a) pocos se han empeñado como él en vivir sus ilusiones, b) pocos han tenido ilusiones tan estrictamente baladíes, c) pocos han logrado caer de forma tan estrepitosa en el desastre al mostrar la grandeza de sus ilusiones.

(Sheridan, Guillermo. Lugar a dudas. Crónicas escogidas. pag. 45. Edit. Tusquets México)

BREVÍSIMO: FINAL 3: a diferencia de otros lugares maravillosos, como Grecia, en México, éste mi lienzo en blanco, se toma muy buen café.

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4 thoughts on “Inconcluso: de una revelación en forma de pájaro libador

  1. Bueno Frijolito, a parte de toda esa verborrea guacamolística digna de un piquito de oro como el tuyo…COMO ESTAS POLE????

    Para mi, las vacaciones han terminado y hoy empiezo otra vez con la rutina de casanova. Estoy contenta, nos lo hemos pasado pipa.
    Nuestra gallina, los primeros días cacareaba mucho pero, como siempre, nos hemos reido un monton y ahora la echo mucho de menos. El Skype funciona muy bien y sin micro. Nuestra gallina tiene problemas con el codigo internacional de mexico y no consigue llamarte así que activa el skype y charlamos los tres.

    Por lo demas todo bien, tengo un mes para prepararme la beca Guasch Coranty, ya te contaré pero estoy muy ilusionada. Y hoy Duna ha empezado las clases y está muy contenta y animada. Tiene tu beca y se la dará a Nuria.

    Bueno Pablito, mañana más…

    Te Quiero

  2. Por un momento me he sentido colibrí, reboloteando por los mundos, pero no he llegado a la mansturbacion, porque tenia en la sarten unos huevos con salchichas sabrosones. Estoy esperando impaciente poder charlar los tres a traves de skype. Noto que te lo estas pasando muy bien, a mi se me acabaron las vacaciones y ahora…. os echo de menos. Las vacas con Debora me han sabido a poco, me lo he pasado muy bien y ya….. llega la realidad ¡a trabajarrrrrr. Puto trabajo, cuando me voy a jubilar??
    Bueno bajate el skype y charlamos los tres en directo. Sé bueno y aprovecha el tiempo trabajando mucho. te quiero chamaquito jejejeejeje. No comas mucho picante y no te enamores por fa, que Mexico esta demasiado lejos. juajuajua.

  3. Es bueno leerte cuando yo vuelvo del viaje y me encuentro con lo mismo, con la rutina, con lo predecible, pero esta vez visto desde la pequeña distancia de la que hizo un paréntesis por un rato.
    Ahora estoy más descansada, bronceada y feliz que el resto. y debo admitir que por mínima que sea, amo esa diferencia.
    ¿Tienes Skype? Let’s talk!

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