Historia de 2 cuadros

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“Y recuerdo no significaba: lo que había ocurrido volvía; sino: lo que había ocurrido, volviendo, mostraba su lugar”.
[Peter Handke, La Repetición]

Duermo, y frente a mí alcanzo a ver uno de los pocos cuadros que he pintado en mi vida. Se llama Ma Solitude. Es el segundo de un díptico. Ámbos son de la misma medida. Y los títulos están extraídos de dos canciones de Georges Moustaki. El primero se llama Ma Libertè.

No llevo mucho tiempo durmiendo con Ma Solitude. Tan solo desde que vivo en Bilbao. Unos dos meses, no más. Antes, cuando vivía en Barcelona, dormía con Ma Libertè. La razón es bien sencilla. En su día tuve la graciosa ocurrencia de regalarle Ma Solitude a Xavi, mi pareja.

Por motivos de estudio, Xavi se mudó a Bilbao. Y se llevó Ma Solitude. Entonces colgué Ma Libertè en mi dormitorio, frente a mi cama. Por primera vez en seis años, para bien o para mal, dormía solo. Me agradaba despertarme por la mañana y que lo primero que viese fuera Ma Libertè. No sè si a Xavi le ocurriría lo mismo: él dormía con Ma Solitude.

Al cabo de unos meses, me dejó. Rompimos. Crack. Vino en verano a Barcelona y ahí se acabó todo. Luego regresó a Bilbao. Y no nos volvimos a ver. Durante ese tiempo continué durmiendo con Ma Libertè. Verlo cada mañana, en cambio, ya no me agradaba tanto. Incluso fue a peor. Llegó a ser inquietante, desgarrador.

Azares de la vida: una beca me lleva, dos años más tarde, a Bilbao. Desmantelo mi casa, reparto mis cosas en casas de amigos. A una amiga con nombre de novela surrealista le dejo Ma Libertè.

Lejos de querer repetir historia alguna, acabo alquilándole dormitorio a mi ex, porque me sale barato. Y no crean, con él me llevo bien. Entre los dos hay una distancia muy grande, a veces insalvable – un mar de silencios con islas de comprensión infinita-. Pero nos tratamos con respeto. Y cariño. Luego está la gata que tuvimos en común, nuestra hija compartida, que de repente ve reunidos de nuevo a sus padres divorciados. Desde luego es la gran beneficiada de esta historia.

Xavi hace limpieza en su cuarto y me devuelve, del lugar donde lo tendría encerrado, Ma Solitude. No lo quiere. Le comprendo. No se puede haber dejado de amar a alguien y seguir queriendo un cuadro suyo llamado Ma Solitude.

Ma Solitude, durante dos años, alimentó mis sueños. Cuando despertaba y veía Ma Libertè no podìa evitar rememorar el rojo cadmio en contraste con el blanco (nieve) y el negro (pizarra) de Ma Solitude. A su lado (quiero decir, al lado de esa imagen mental) Ma Libertè me resultaba sucio.

Ahora duermo con Ma Solitude. Lo colguè justo frente a mi cama, en el àngulo de visiòn idòneo para que fuera exactamente lo primero que viese al despertar. Así llevo cosa de dos meses. El otro día, por primera vez, observé algo que antes no veía. El rojo cadmio no tenía la viveza que recordaba. Supuse que se debía a una capa de polvo, o también que, como todo, los colores se gastan, envejecen, mueren lentamente. Pero no. Descubrí que no era tan solo el color rojo lo que me resultaba apagado, sino todo el cuadro, en su conjunto, como objeto.

 

 

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