Imaginemos un mundo

Imaginemos un mundo en el que no hay nada escrito.

Todo es volátil, como el aire.

Todo es aire.

En ese mundo vencemos la gravedad

con un pequeño salto sin esfuerzo.

Nuestro cuerpo no se siente envejecer.

No pesa. No ha de arrastrar consigo.

Vivimos las penas y las alegrías

desde la distancia cenital de nuestra ingravidez

y esa constante visión nos reporta indiferencia ante el mundo,

reducido a un solo plano.

Por otro lado, sentimos que nuestro estado es cambiante

y que, pese a la fortuna de haber alzado el vuelo con suma facilidad,

un designio superior nos obliga ahora a transitar continuamente.

Quizás no se advierta en un principio.

La ingravidez trae la dependencia.

Rodeamos el mundo en un viaje que se repite eternamente.

En un mundo sin peso estamos obligados a ser satélites del mundo.

 

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