Un bar en México

Una enorme cabeza de toro me mira. A su lado cuelga un pequeño altavoz. Suena algo que me suena, nada concreto, algo latino que a uno le parece haber escuchado mil veces, toda la vida. Ya saben. Tiene trompetas y la voz canta sobre las caderas de una mujer escurridiza. Se acaba la canción y tras unos segundos mudos el aparato vuelve a la carga con Julio Iglesias.

Lo importante, pienso mirando a mi alrededor, es que los azulejos no superen la altura de los hombros y sean de motivos florales.

Julio Iglesias canta en inglés. Una balada con orquesta.

Los camareros visten como antiguos camareros madrileños.

Estoy rodeado de fotografías de toreros en blanco y negro.

En un televisor colgado de la pared juegan Holanda y Eslovenia. La voz de los locutores mexicanos se mezcla con la del cantante. Empero, ambas se respetan.

Leo en un cartel: club de les chi-onis.

El aire, la brisa que viene, trae y se lleva noticias, aquí no brota, sino que flota, como en suspensión, un deseo de amarre y un tiempo reintervenido y escenificado.

Los camareros llevan bien el rígido almidón y ríen.

Conversan entre ellos sobre asuntos que no ocurrieron ni ocurrirán nunca o, bien, que siempre están a punto de ocurrir, como aquel vídeo de Martí Anson en el que un jugador de fútbol no termina nunca de lanzar un penalti.

En realidad cada elemento se siente a gusto en el lugar donde se encuentra, pues condensa en sí mismo un todo igual al todo al que pertenece. El toro, la televisión y el fútbol, los azulejos, las paredes amarillas, unas castañuelas, el almidón… Todo remite a sí mismo, a un código determinado que es solo en sí mismo y que, realmente, no atiende a un tiempo pasado, no habla del pasado ni convoca fantasmas del pasado. Pretende un paréntesis eterno, inmóvil, ajeno al discurrir del tiempo.

Es un mundo paralelo al de las corrientes de esfuerzo y rutina, a ese que gritamos al pie de un acantilado: ¡vida!

Es un mundo virtual: se mira a sí mismo, se conforma con su propia forma y ha conseguido establecer un canal impermeable a través del cual todo lo que entre salga sin rasparle.

Pido un café – es caro el café aquí, en este mundo virtual. En el ejercicio de solicitar un café y que así se disponga no habrá ningún intercambio. Mi persona sentada en la mesa, contemplando y escribiendo sobre el entorno, no dejará nunca de ser un espécimen externo, un extranjero. Si llevo conmigo esfuerzo y rutina, o esa palabra exaltada al pie de un acantilado, conmigo se queda, en mi interior. Y conmigo saldrá, como en una serie discontinua.

Los camareros son actores, aunque ellos no lo saben. Su función huele a Hermanos Quintero, aunque para ellos tanto da. También ellos se encuentran subsumidos en un canal forrado de un material que no transpira. Entran y salen, y nada se inmuta. Igual un día uno de ellos deja el trabajo (probablemente): la cabeza de toro no le llorará. Porque también ellos son externos al mundo virtual en el que se encuentran, y si armonizan con él es porque allí no son exactamente ellos mismos sino personajes vestidos de almidón.

Si un día un camarero llegara borracho, le regresarían a casa, tal vez le despedirían. En ningún caso tolerarían que la virtualidad intacta de ese mundo se viera vulnerada por un comportamiento al margen de lo pactado. De hecho, usan la cortesía (como el protocolo en los eventos y en los actos políticos) para proteger doblemente ese muro intransferible.

Un camarero podría trabajar con un desgarro muscular, una úlcera o cualquier afección interna, no manifiesta, siempre que mantuviera la sonrisa y se atuviera a lo cortés. Pero si una oreja le supurara sangre o llevara un agujero por el cual se le viesen las vísceras, sería expulsado del mundo virtual. Pensarán: lógico: razones humanitarias y de salubridad. Pero también por seguridad: la piel del mundo virtual se rasgaría con él y todo quedaría a expensas de la peligrosa hibridación.

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