Breve e inconcluso: a modo de introducción

………………….

 

La literatura no hace la contención, en todo caso, cuando es mala, o está hastiada, o viene de algún lugar podrido, o de algún viaje intenso, la imposibilita. Las palabras salen con demasiada facilidad. “No deberíamos dejarlas rodando por la casa como si fuesen un tubo de vitamina C”, escribe Julian Barnes. “Si las palabras están demasiado a mano, las usaremos sin pensarlo”.

Ocurre que vengo de intensos viajes. Ocurre que en esos viajes han sido varios los medios de transportes usados, varios en el mismo día. Ocurre que ya se sabe que esto provoca ausencia de voluntad, y que al poco de un tránsito semejante uno se abandona a lo que sea: cuántas señoras de impecable vestido a juego con el bolso hemos visto babeando minutos después con la cabeza bailando al ritmo del traqueteo del autobús. O cuántos hombres, hermosos o feos, jóvenes o viejos, con la boca abierta y un leve ronquido en suspenso nos han hecho pensar en nosotros en la misma tesitura.

Los diarios de viaje siempre me han resultado enconadamente falsos. Al menos los míos. Por ahí tengo varios cuadernos donde intento afanosamente hacer un rimbombante párrafo de una experiencia casi inmediata. Es en esos momentos donde mejor distingo que tenemos un doble que a veces escribe por nosotros. Y lo suele hacer mal. O se me pone a describir sin contar nada o lo cuenta todo sin pararse en ningún sitio. Nunca quedo satisfecho. A lo sumo reúno fuerzas para pasar la página y pensar que el siguiente hecho será escrito por mí con toda mi destreza e ingenio (y no por ese otro transitorio que sale de repente para ensuciarte el bonito diario que compraste antes de partir).

Esto provoca literalismo. ¿Qué significa? Que solo veo la puerta de salida. Y como sé que no se puede salir rápido de estos lugares (porque uno remoloneará, pero un mínimo de estrategia mantiene) doy vueltas y más vueltas alrededor de la misma imposibilidad de salir, es decir, tangenciando con descaro lo que tendría que haber puesto hace ya tres párrafos en la sartén del texto, esto es, mi trabajo, sus referentes, el proceso y… qué sé yo, un atisbo de lo que me encontré como resultado.

Soy un experto por tanto en la técnica del desvío. Y me hago el miope. (¿En qué película un conductor se aleja con aparente descuido de la carretera central sin que lo advierta el que le acompaña, que lo irá sospechando conforme vayan cambiando las grandes vistas por los pequeños caminos en medio de bosques oscuros?)

Yo en particular tengo un salvoconducto. Puedo justificarme: he dicho que me hago el miope, lo que no es del todo cierto, pues no me lo hago, soy miope. Normalmente llevo lentillas, pero como además de miope soy astigmático (defecto que las lentillas baratas no corrigen) fíense de mis rectas. Las lentillas, además, son auténticos objetos animados, casi como pequeños tamagochis transparentes (van cogiendo opacidad con el tiempo) que, según la hora del día y lo prolongado de su jornada laboral se te manifiestan de una manera u otra. Las he llamado tamagochis a propósito, porque se las debe limpiar y dar de comer. Ahora los líquidos cumplen las dos funciones, pero hasta hace no mucho cada cosa tenía su líquido y, además, era necesario añadirles una pastillita. Todo por el bien de nuestro ojo, claro está, el mejor amigo de la lentilla, según unos, o la pared donde la tamagochi juega al frontón, según la mayoría. Volviendo a las distintas manifestaciones de este animalito mudo con pasmosa facilidad de hacernos llorar de dolor, los usuarios me reconocerán que, desde el LSD, nada había sido tan extraordinariamente capaz de modificar nuestra percepción de la realidad como una lentilla sobreexplotada. Estoy firmemente convencido que poseen un mínimo de memoria, el justo para saberse de pe a pa su convenio laboral. No traten de imponerse a una lentilla cansada, sobre todo si esperan de ella que trabaje en horario nocturno. Saltará, brincará, bailará a la que pueda hacerlo. Y el ojo, que recibe inocente toda la información a través de esta obrera en huelga, lo único que verá son haces de luz que se distorsionan y rostros que de repente se emborronan. Una flipada, vamos.

Así que fíense de mí. Recuerdo hace dos veranos: me dio por ir a todas partes alegremente en bicicleta. Cené una noche en casa de una amiga, que vive en Hospitalet del Llobregat, una ciudad pegada literalmente a Barcelona, en la calle Rafael Campalans. Llevé una botella de vino sin caer en la cuenta de que ni ella ni su novio toman alcohol. Así que, como buen invitado, me la pimplé yo solito. Daba la casualidad que aquel día había sobreexplotado a mi lentilla de entonces. Y de tal forma que la muy sindicalista aprovechó mi vuelta en bici para expresar los puntos de su reclamación. Usó a conciencia el modelo italiano de manifestación, ya se sabe, mucho baile y mucho colorido. Coches, farolas… todo se me mezclaba. Yo abría y cerraba los ojos en vano, intentando fijarla de alguna manera, pero era imposible. Se vive una situación fascinante y terrorífica al mismo tiempo. Decidí volver a pie.

¿Me entienden ahora? Puedo llegar a ser un verdadero cegato, incluso con lentillas. Si esto me ocurre andando o en bici, ¿no sería lógico que afectara a mi literatura?

Así que tomo inocentemente un desvío. Seguro que ya han visto un cartel que anuncia a no sé cuantos kilómetros un pueblo que no se encuentra en la ruta prevista. Me lo irán a decir y yo detendré el coche para frotarme los ojos. ¡Dichosas lentillas!, gritaré. Alguno de ustedes me aconsejará: quítatelas, ponte las gafas. Ocurre que, como se habrán dado cuenta, soy demasiado presumido. Pero esto sí que es un desvío nada aconsejable.

Entonces les aseguro que llegaremos al lugar previsto. Levanto las manos y pido calma, confianza, fe y entusiasmo. Les digo: váyanse a la parte de atrás y hagan como en las películas de teenagers: canten canciones imposibles con los gallos que quieran. (Y, por favor, ¡no miren la hora!, no estamos en una competición de formula uno, disfruten del paisaje)

Hace dos años una de mis lentillas pilló un virus terrorista. Nosotros, los usuarios de estos tamagochis, debemos reconocer cierta falta de cuidado. Sí, admitámoslo: nos automedicamos. Porque cuando el ojo escuece, arde, y amanece con una familia mucosa ocupando diametralmente su espacio, ya está, conjuntivitis. No es menester (y esto no es una excusa) soportar el ambiente macilento del ambulatorio del barrio. Uno se va a la farmacia de la esquina y pide su colirio para la conjuntivitis (y se hace baños de manzanilla, etc, etc).

Pero a veces lo que ataca es un virus terrorista, como me pasó a mí hace dos años. Y entonces el colirio no sólo no te cura sino que termina por pasarse al enemigo y resultar fatal (algo así como un caballo de Troya) para el desdichado ojo.

A mí me causó un boquete. No se me asusten. Imaginen que la córnea es la capa de ozono. Imaginen un agujero en la capa de ozono. Pues así era mi boquete. Uno no lo podía ver pero sentía sus efectos. Me estuve un mes imposibilitado para mantener una mínima compostura. El ojo me lloraba cual espléndido Niágara. Cada poco tiempo un calambre me obligaba a retorcerme de dolor. Y no podía fijar la atención durante mucho rato (¿recuerdan James Stewart, cuando le daba el vértigo?). Veía borroso, como si se me hubiera empañado el cristal de la vista.

El médico que me atendió gozaba de un humor excelente. Cuando me dijo que aquella iba a ser mi última visita, que ya no existía virus alguno en mi ojo, que el boquete estaba cerrado, yo le pregunté por la visión borrosa. ¿Y esto cuando se me irá?. Me miró y me dijo: nunca.

Visión borrosa en el ojo izquierdo.

Lo del humor lo refiero porque a los meses, por suerte, se me fue.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s