Carta al colectivo Situaciones

Seguimos viaje hacia Fathepur Sikri y luego hacia
Agra, vimos el Taj Mahal y el Fuerte Rojo, le pagamos
al guía en el restaurante, el conductor nos llevó a la
estación y nos quedamos esperando nuestro tren. En
el andén estábamos sin esa cápsula de servicios que
normalmente nos protegía y de repente los mendigos
nos rodearon… Nos sentimos como aturdidos. No
podíamos darles dinero, pero tampoco podíamos
distanciarnos de ellos. Uno podría pensar que esta
situación binaria sí/no, dinero/no dinero es lo que
todos los participantes esperarían en una situación
como la descrita. Pero en realidad lo que se espera es
que se haya aprendido a ignorar… Finalmente vino el
tren. Nos acomodamos en nuestros asientos y
observamos a través de las ventas enrejadas. Todavía
recuerdo que casi no podía descansar los codos en el
apoyabrazos. Estábamos tan enfrascados en eso que
no podríamos llamar shock sino —y en esto
discrepamos—vergüenza o asco. Era un asco que se
dirigía hacia mí misma en tanto observadora de la
pobreza: de la misma manera que sanos y fuertes
glóbulos blancos se ocupan de rechazar los cuerpos
extraños. Era una vergüenza que me hacía desear no
haber estado en ese lugar, o al menos haber estado
pero no como persona sino quizás sólo como un ojo,
una máquina, un vídeo quizás, uno de esos que
controlan los andenes y más tarde se analizan.
En Tristes Trópicos Lévi-Strauss compara sus
experiencias en Suramérica con lo vivido en la India
durante un viaje que realizó en 1947, poco antes de la
declaración de la independencia. Lo que le asusta de
India es la imagen del propio futuro anticipado…
Habla sobre los mendigos y su representación
cotidiana de la urgencia. Describe los miedos que
siente y también el momento en que estos miedos se
apaciguan. «Es el hambre lo que le da esa intensidad
trágica a la mirada del mendigo que se encuentra con
la mía a través de las rejas del compartimiento de
primera clase, un enrejado que debe protegernos a mí
y al soldado en cuclillas sobre el estribo de los pedidos
mudos de un solo individuo que pronto podría
transformarse en una jauría bramante…» Pero el
apaciguamiento de este temor no dura mucho. La
presencia del militar, que promete seguridad, no es de
gran consuelo. «El tono de los mendigos, que gritan
algo así como “Sa-hib”, se asemeja al tono que usamos
cuando reprendemos a un niño y subimos la voz…
Como si dijeran: “¿Acaso no está claro como el agua,
no es obvio que estoy aquí para mendigar, para pedirte
algo? ¿No es ya una exigencia bastante para ti? Pero,
¿en qué estás pensando? ¿Dónde tienes la cabeza?”»
Esta invocación que Lévi-Strauss describe, esta
invocación a nosotros, a nuestra persona, permanece,
permanece por tanto tiempo, es tan fuerte, que
finalmente, cuando seguimos mirando y no podemos
actuar o no queremos hacerlo, nos vemos forzados a
«negarle su humanidad a quien está frente a
nosotros…». Pero nosotros tampoco somos personas,
sino dinero andante: «Todas las situaciones de partida
que definen las relaciones entre las personas están
adulteradas, las reglas del juego social están arruinadas,
es imposible comenzar.»

Carta al Colectivo Situaciones, 2005.
Alice Creischer y Andreas Siekmann
(Fuente: Revista #4 MACBA)

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