Glossing the text: El rostro extraviado

(Para mi hermana D.)

Recogido en El Babelia del 30 de agosto. Texto de Alberto Martín sobre la aparición de dos publicaciones que tratan el retrato y el rostro.

Esta línea, defendida en fotografía por Dominique Baqué y asumida, dentro de un contexto general de formalismo y agorerismo artístico, desde la tribuna de la comunidad artística del periódico El País, es equivalente al gran debate en cine respecto a la imagen sí o la imagen no que representan, a un lado y al otro, las Histoire(s) de Godard y la Shoah de Lanzmann (pero también Wim Wenders, Werner Herzog, otros…). Esta idea de que ya no es posible operar “virginalmente” con las imágenes surge con fuerza en los años 80 y puede explicarse desde muchos ámbitos. Lo “virginal” no refiere una imagen inocente en cuanto a ideología (pues esto ya se sabe) sino en cuanto a portadora de virtud. Los 80 suponen el inicio de la etapa fin de siglo: ideología de lo terminal (que se ve corroborada por desastres como Chernobyl, los agujeros en la capa de ozono y las primeras evidencias  del calentamiento climático,  la pandemia del Sida , las diversas enfermedades animales (en dosis anuales) que nos hacían sospechar de las vacas, los pollos, los cerdos…, la polémica de los transgénicos, etc…) auspiciada por el pensamiento postestructuralista, y la gran difusión de las tésis baudrillardianas sobre el simulacro y la consecución utópica del ideal capitalista en EEUU, tésis que, en el fondo, son un reverso (aparentemente) progresista del Fin de la Historia de Fukuyama (América, de Jean Baudrillard, es un libro clarificador al respecto, es la clave para entender el mecanismo discursivo del pensador francés: presenta apologéticamente una visión oscurentista y dramática de la no tan futura sociedad poshumana).

La imagen se contempla en un estadio acumulativo-tedioso de suma perversión. Los adoradores de la imagen formalmente virtuosa (Wenders, por poner un ejemplo) miran atrás con nostalgia: ellos pertenecen injustamente al mundo equivocado y debieron haber nacido en la época de los cines que vieron como espectadores…  Pero al mismo tiempo es cierta la perversión: la imagen permite, como señala Errol Morris, una tan alta gama de manipulabilidad, que basta para cambiar sus si(g)no con modificar el texto que la encuadra. De ahí, en parte, la postura de Lanzmann: frente a tácticas fílmicas seudohistóricas como La vita é bella, de Roberto Benigni o Schindler’s List, de Steven Spielberg, defiende el apócope de la imagen respecto al Holocausto, un respetuoso fuera de campo…

En el otro lado, los 80 comienzan también con una firme intención por parte de Jean Luc Godard de ceñirse en su filmografía a la búsqueda de una imagen justa, tal y como nos relata Alain Bergala en su libro sobre el cineasta francés (Nadie como Godard). Desde la visión godardiana, la certeza de la escasa virtud de la imagen frente a su prodigalidad cada vez mayor obliga a un ejercicio de sintésis: en una conversación con Serge Daney en las Historie(s) le discute el que ahora se produzcan muchos films (lo que, por otro lado, es completamente cierto, y, tal y como me recordaron en la presentación de las Histoire(s) en Casa Vecina, en México DF, Godard se deja en el tintero cinematografías que, en la época de la explosión de los Nuevos Cines, permanecían invisibles, como el cine Latinoamericano o el hoy triunfante cine del Sudeste asiático). La propuesta de Godard de llevar a cabo un ejercicio de síntesis no deja, sin embargo, de resultar interesante.

Volviendo a lo fotográfico, sin menospreciar la calidad de los trabajos, me distancio del tono agorero con el que se contempla la idea contemporánea de rostro en el texto de Alberto Martín. Por ejemplo, en el caso de Dominique Baqué, ya conocemos su pequeña cruzada en pos de restituir la figura del sujeto. En su día me interesó esta postura, pero hoy recelo de ella: no sé de qué sujeto me está hablando. Postular la reconstrucción o la vuelta al “sujeto” debería empezar por analizar desde qué perspectiva ideal de “sujeto” y hacia qué  realidad material de “sujeto”. Como ya sabemos por todos los trabajos de género, esto del sujeto no es una camisa tan ancha como parece desprenderse de sus palabras.

Por otro lado, no puedo estar menos de acuerdo (no sé si con Alberto Martín o con William A. Ewing) respecto a la disolución de la “magia del espejo” por el “nihilismo warholiano”. Habría mucho que analizar precisamente sobre Warhol en relación al espejo, algo que, tibiamente, ya apunto en el texto titulado # sobre la tercera mirada

Pese a mis reservas, aquí va el texto.

“En unos momentos en que el retrato parece recuperar posiciones y recibir nuevos impulsos en el campo fotográfico, todos los diagnósticos emitidos parecen apuntar hacia una progresiva e irreversible transformación del género. Diagnósticos que en todos los casos aparecen teñidos por una capa de escepticismo respecto a la validez de las formas más clásicas y convencionales del retrato tal y como se ha desarrollado a lo largo del siglo XX. Si en este punto parece haber acuerdo, las posturas difieren respecto a su posible reconstrucción. Dos recientes libros sobre el retrato fotográfico, centrados ambos en el estudio del rostro, abordan desde ópticas muy diferentes esta situación. Se trata de sendos trabajos de Dominique Baqué y William A. Ewing, titulados Visages y El rostro humano, respectivamente. Los substítulos de ambos libros son más aclaratorios. Dominique Baqué añade al título genérico de su obra, Rostros, un amplio marco temporal: De la máscara griega al trasplante de cara. Ewing, por su parte, subtitula su libro: El nuevo retrato fotográfico. Ambos autores tienen claro lo que ya es una evidencia, que después de las últimas decadas del siglo XX, en las que el cuerpo protagonizó las principales estrategias y preguntas del género, el rostro ha recuperado de nuevo su posición como elemento central hacia el que inevitablemente converge el retrato. Pero es una posición que ahora se muestra más incierta e inestable que nunca. Para Baqué el rostro es un enigma y para Ewing un campo de batalla. Paul Ardenne, poco antes, en su sugerente recopilación de retratos titulada Postraiturés, ya manifestaba de un modo más prosaico que el retrato no tiene cura. En efecto, sobre el rostro se han configurado a lo largo del siglo XX algunas certezas y múltiples interrogantes. Hoy cada vez provoca menos certezas y evidencias, si es que alguna se mantiene, y más decepciones. El rostro ha ido perdiendo, década tras década, la mayor parte de sus atributos: ha dejado de ser el territorio de la evidencia y la identificación, ya no es el puente entre nuestra subjetividad y el mundo, y ya no se nos muestra ni seguro ni vulnerable sino más bien indiferente. Baudrillard ya había señalado y en cierto modo prefigurado a principios de los años noventa, el paso de la metamorfosis a la indiferencia en relación con nuestra actitud respecto al rostro y la representación de la identidad. Y bastante antes, Barthes también había anunciado y ejemplificado otro importante cambio, la transición entre dos edades iconográficas representadas respectivamente por los rostros de Greta Garbo y Audrey Hepburn, el primero encarnando la esencia, la idea, el segundo lo morfológico, el acontecimiento. Así, en torno al rostro, progresivos retrocesos: desvanecimiento tanto de las evidencias como de los sueños, disolución de los arquetipos y, sobre todo, agotamiento de las posibilidades críticas que ofrecían las estrategias de desfiguración, deconstrucción y transformación practicadas desde la esfera artística. La identidad ya no reside en los rasgos faciales sino en el principio de identidad biológica, la naturalidad y singularidad del rostro han sido sustituidas por la artificialidad y la posibilidad de reconstrucción, la capacidad de representación de lo humano ha sido trastocada a lo largo del siglo pasado por sucesivos traumas que cuestionan la idea misma de humanidad (la Primera Guerra Mundial, el Holocausto y las más recientes manifestaciones ligadas tanto al nuevo tipo de conflictos bélicos como de atentados terroristas). Los síntomas de esta decepción del rostro aparecen apuntados con claridad en la obra de Dominique Baqué: retroceso de la facialidad, regresión de la identidad y déficit de humanidad. Como en general se admite que cada era define los rostros que produce (Monique Sicard) y que éstos pueden y deben ser pensados como una construcción simbólica y cultural, parece lógico que el contexto tecnológico de fin de siglo agudizara el proceso de retraimiento dando paso a una estética de lo poshumano que acabaría propiciando el triunfo definitivo de la piel y la superficie sobre la identidad y la interioridad subjetiva. Manipulación genética, cuerpos y caras remodeladas, robótica, inteligencia artificial, en definitiva, un contexto material, biomédico y tecnológico demasiado determinante e invasivo como para que una práctica como la del retrato no se sintiera radicalmente afectada. Así, la práctica del retrato se ha visto inundada de trabajos que hacen explícito de un modo bastante homogéneo este principio de retraimiento y negación de la subjetividad y la identidad: proliferan las imágenes de maniquíes que parecen personas y viceversa; niños que parecen muñecos y muñecos que parecen tener vida; rostros tapados o con los rasgos faciales borrados o deformados; retratos de cadáveres, individuos dormidos o simplemente con los ojos cerrados; caras de síntesis construidas a partir de otras caras; o expresiones emocionales que delatan expresamente su artificialidad. La cuestión tanto para Dominique Baqué como para William A. Ewing, es que en este momento se hace necesario repensar el género y afrontar esta pérdida del rostro. Y dan dos respuestas distintas. Para Ewing se trata de “devolver al espejo una parte de su antigua magia”, aquella que se perdió entre el nihilismo warholiano y las pretensiones psicoanalíticas de la fotografía. Una vuelta atrás que parece recelar de todo lo que no sea volver a citar la capacidad de emoción y seducción de la fotografía. Para Baqué, más escéptica y con menos confianza en las propiedades “curativas” de la fotografía, el artista debe responder a un dilema de difícil respuesta: seguir adelante en la deconstrucción irónica de la facialidad o iniciar un largo proceso de reconquista del rostro y la identidad perdidos. La respuesta para ella está en la construcción de una postura de resistencia capaz de rescatar al sujeto tanto del anonimato como de la primacía de la piel y las superficies. A lo primero se responde mediante un reequilibrio entre individuo y grupo, entre parecido y diferenciación, a lo segundo con una investigación de la interioridad y la expresividad que asuma con claridad, y a su favor, el carácter fluido, frágil y oscuro de la identidad subjetiva.”

El rostro humano. El nuevo retrato fotográfico. William A. Ewing. Trad. M. Pijoan Rotgé. Blume. Barcelona, 2008. 240 pág. 39,90 euros

Visages. Du masque grec à la greffe du visage. Dominique Baqué. Editions du Regard. Parìs, 2007. 224 págs. 30 euros

Thomas Struth, Times Square

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One thought on “Glossing the text: El rostro extraviado

  1. Voy a retomar mi afición por el retrato, aunque el acto de retratar (donde perdía totalmente el sentido del tiempo), siempre me ha resultado más interesante que el propio retráto físico, la foto final, y le buscaba sentido a partir de la colección, poseer muchos retratos, un trabajo agonioso e interminable pero sin un sentido claro. Podía ser porque la imágen final nunca me convencía, pero sí su historia, la narración, la anéccdota.
    Ahora retomo las fotografías enfocando mi mirada a la estética, a lo físico y, no se si es manía o ironía, pero quiero diluir la imagen, hacerla desaparecer, que parezca como en proceso de invisibilización.
    En sense titol, uno de los pocos trabajos interesantes (ST está cada vez peor) eran unas litografías? sobre papel de acuarela con imágenes de sexo entre tios(muchas pollas y mamadas) pero estas imágenes eran muy sutiles y tenías que variar el punto de vista para que la luz rasante resaltara el dibujo. Esta invisibilidad me interesa, he hecho pruebas con una foto de Satoko y estoy contenta. Ya te mandaré una fotito por mail.

    Te quiero Pablito, te echo de menos, aunque sea-seas muy feliz, ven a verme…

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