Nicholas Nixon en la Fundación Mapfre

Oh, no, por favor, lo de Degas era una excusa. Germán empujaba de mí, no con mucho ahínco, porque soy fácil de convencer, pero sí con cierta periodicidad.

– No seas egoísta – me decía (esta frase es un clásico: tiren de inmediato todas las esculturas de glorieta y levanten ipsofacto monumentos al respecto)

– Bah… (que si no fuera por la b sería un apócope de “vale”, ¿o no es cierto?)

Y fuimos. Qué bonito… había cola. La fila formaba un maltrecho ángulo de 90º. No problem. I wait todo lo que haga falta, pensé. No fue el caso de los dos sujetos que se incorporaron a continuación, detrás de nosotros, recién salidos de un curso de cómo resistir sin cagaleras la crisis económica (receta num. 1: asistir a una exposición de arte en el que la media de edad sea inversamente proporcional al índice Dow Jones).  No estaban dispuestos a esperar ni un segundo. Cuando un par de señoras se acercaron a la parte delantera de la fila a saludar a unas amigas, empezaron a corear a gritos, haciendo aspamientos:

– ¡Las hay con morro! ¡ Señora, que hay una cola por algo! ¡Mira que lista!

Por nuestra parte, tuvimos suerte: empezó a llover justo cuando cruzamos el porche de entrada a la Fundación.

Pequeño y hermoso cuadro con gran título: Melancolía, de Edgar Degas
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En la primera planta se encontraba un trabajo del fotógrafo norteamericano Nicholas Nixon, con título resonante: Las Hermanas Brown, que me impactó. Desde 1977, hasta el presente, a una foto por año, y en una misma posición respecto al grupo, Nixon fotografía a su mujer y sus tres hermanas.

Detesto referir algo en términos de emoción. Pero eso fue lo que sentí paseándome una y otra vez a lo largo de la sala en la que se encontraban los retratos de Las Hermanas Brown. Una emoción que puedo describir de muchas formas. En un primer momento (algo así como un run-run) se deslizaba tenuemente un leve temor: ¿y si de repente, en una foto, hay un hueco, una ausencia, falta alguien?. Al fin y al cabo un retrato siempre genera un sentimiento de confianza en la imagen: la ilusión de su perdurabilidad. Una serie de retratos de la misma persona a través del tiempo quiebra esta ilusión sustituyéndola por la fascinación del pasar de la vida, que no es menos poderosa.

Pero la emoción no vino de la mano de este leve temor, sino de su transformación en la comprobación de nuestra vulnerabilidad, de la relación existente entre la debilidad y el tiempo: en un momento dado, en una fotografía dada, cuando las hermanas cruzan ya de sobra la madurez y se acercan a la vejez, todas se abrazan, como queriendo formar un solo cuerpo, como presintiendo que los años donde enarbolaban su independencia (mental, física) se alejan para siempre, viniendo hacia ellas, en cambio, un tiempo de necesidad de otros. Un tiempo que, sin embargo, a diferencia de los otros tiempos en la vida, no pasará: viene para quedarse ya así, e ir a más.

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No puedo pasar por alto la coincidencia: cuerpos femeninos bailando, entrenando, ensayando arasbesques (1), justo al otro lado de la sala: caballos, también en serie, hileras, montones… Cuerpo también femenino en Las Hermanas Brown, también bajo la mirada masculina, aunque indagando aspectos diversos.

En una hay una resistencia ficticia al tiempo, fijándolo en una adolescencia imposible representada por el mundo de la danza, metaforizada con el vigor del caballo (un cuerpo visto como engranaje físico, fundamentalmente). En la otra todo lo contrario: la vida cedida al tiempo, como un descuido del mismo. Al menos por unos instantes, pienso que cada fotografía es un olvido del tiempo. El tiempo las olvidó y quedaron fijadas para siempre.

(1) En un afán por la exactitud, le pregunto a Germán por las poses de las bailarinas en los muchísimos estudios escultóricos y pinturas que recoge la exposición de Degas. “Arabesque” es una de sus respuestas.  Otra: “primera”, “segunda”… Decepcionado (quiero un nombre, una palabra, no un número),  imito yo mismo una de las poses que recuerdo y le pregunto: ¿y ésta cómo se llama?. Germán me mira y me dice: “Power-Ranger”.

Lo cuento porque me hizo gracia.

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One thought on “Nicholas Nixon en la Fundación Mapfre

  1. Edgar Degas le da 100.000 patadas al Nixon de los cojones y a las Hermanas Marrones…

    …tu postura Power Ranger es lo más…

    …eres la Paulova de mi corazón!

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