Paris (au lait) I

Siguen pasando cosas muy malas entorno a la economía, señala el presentador de las noticias de cuatro. Mañana sabremos si ganó Barack Obama. Ayer llegué de París (París, Francia, como diría Wim Wenders…) Pasado mañana un avión finlandés me llevará a Tokyo (Tokyo-Ga, como diría Wim Wenders). Por el momento, un breve texto refundido en esa miasma de nada que supone el paso fugaz por una ciudad de 9 millones de parisinos.

9 millones de parisinos (o más, porque las cifras y los números son de las cosas menos fiables de este mundo, cambian constantemente) quiere decir (means) una cantidad semejante de personas que se te dirigen exclusivamente a través del pardon (no hace falta más para deambular por sus passages interdits) y que, según tengo entendido (la fuente: lonely planet), acostumbran a hacer desahogar al caniche en plena calle, con tal fortuna, que en palabras de la famosa guía mencionada, “unas 650 personas ingresan en hospitales cada año por haber resbalado con una crotte“.

Sí, “crotte” es caquita.

Como lo de la “crotte” no es algo exclusivo de la ciudad de la luz (pienso ahora en las lógicas “crottes” que deben desprender los caballos de carricoche de Sevilla y me pregunto si existirá también una lista pareja de accidentados anuales pisando crottes equinas), no creo que sea para tomarlo en cuenta. Desde luego que no. ¿Soportarían a alguien que tras volver de París confesara no haberle gustado por las cacas de perro?. Entre otras cosas porque, de hecho, son más bien parecidas a las meigas, haberlas haylas pero no se ven.

crotte-de-caballo-de-sevill2“(…)me pregunto si existirá una lista de accidentados anuales por pisar crottes de caballo en Sevilla”

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Atravesamos Francia en tren, desde Hendaya. My first time in Paris no llegué a través del paterno tutelaje del Charles de Gaulle sino del más amable (y maternal) Montparnasse Benvenüe. Recorrimos Francia en tren, como hizo el primer espectador del cine, el pasajero decimonónico.

atardecer-en-franciawebPuesta de sol en Francia, desde el tren

Llámenle “hormona masculina” o como quieran, pero la gran diferencia entre el tren y el avión es una fisicalidad del primero que nunca poseerá el segundo. Que sea socorrida la imagen de un tren atravesando un túnel como símbolo obvio de la penetración no le resta crédito: uno siente que la ciudad a la cual se dirige son labios y que no se llega a ellos de frente, por el “aire”, como es costumbre, usualmente fría, comedida y puntual, sino mediante un recorrido que le precede por todo el cuerpo, en pequeños besos, leves caricias, suaves toques respingando la punta de la nariz sobre la piel…

El tren me permitió una reflexión acerca del silencio. Porque de repente fue pasar la línea de la frontera, en Hendaya, y observar un silencio que sólo podría definir como “extranjero”. Aunque oía sonidos, ruidos (los pocos coches que se detenían frente a la estación de tren, o los rutinarios avisos en francés), estos no poseían prácticamente ningún significado para mí. Y eso los convertía en voces mudas, en silencios forzados. En el libro de notas tengo apuntado: “el TGV avanza en silencio (roturado, digamos)”.

“Pasamos por delante de un descampado con numerosas rulottes agolpadas unas junto a las otras, y por un campo de golf. Cielo plomizo y silencio extranjero”.

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One thought on “Paris (au lait) I

  1. Me encanta leerte así: en movimiento, entusiasmado, con frases en otros idiomas, atento …
    Que la buena racha continúe Until the end of the world (como diría Wim Wenders).
    Besos y sonrisas

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