Desartistízate! (1)

…”no como un talento sino como placer de integrarse en una ideología o de usurparla

Ion Grigorescu

Voy a escribir sobre arte y artistas, en esta ciudad no-cool llamada Barcelona.

Lo voy a intentar hacer de forma clara y concisa. No trataré sin embargo de describir con exactitud cap estat de les coses.

Volví a Barcelona hace tan solo un mes, pero he estado encerrado veinte días en casa. Apenas salí la semana pasada. Recorrí sus calles, buscando empleo. Ví poca gente. Recuerdo una mañana, subiendo por carrer Villarroel, desde Gran Vía. Era un gris feiner, nada de domingo de agosto. Una anciana tiraba con ahínco del collar de su caniche. Las hojas de los plataneros revoloteaban por el fuerte viento. A lo lejos un hombre canoso se apoyaba en un coche aparcado y miraba hacia el Tibidabo, como si hubiera visto un ovni. Y nadie más. Nada más. La calle vacía. La Eixample tenía un aire a lo zona Franca de Ciudad Real.

“El vigor empresarial catalán es cosa del pasado”, pensé. Luego recordé el eslogan del ayuntamiento: “Barcelona, la millor botiga del mon”, y pensé que había una sustancial diferencia entre la petita empresa y la botiga. Y que el botiguero pertenecía más bien a las especies en peligro de extinción. Así que cuando volví a ver un cartel en el metro que refería con sorna la figura del botiguero me reí ante tan patética insistencia. Encima habían elegido un modelo que parecía marica. “Si la Seat emigró y las empresas textiles van cayendo una detrás de otra, al menos que se mantenga el turismo gay”.

Pero quería hablar de arte. La cosa es que aquí y en todas partes el arte y la economía van de la mano.  No sé si en este sistema bajo el que vivimos en sociedad hay algo que no vaya de la mano de lo económico (1). El arte, desde luego, sí. Con la crisis, el arte se resiente. Por un lado las instituciones públicas aparcan proyectos culturales, o bien destinan menos presupuestos a estos. Como ya sabemos, el arte no es precisamente el  favorito de entre los pupilos de la cultura institucionalizada. Como ejemplo, el IVAM, que este año no compra obra. La frase con la que la consellera de Cultura de la Generalitat Valenciana hizo publico el recorte era como para Museo del Recorte: “Primero es el pan, luego el chorizo”. Dignas palabras de un Nodo.

Por el otro, la obviedad: los que antes podían, y lo hacían, ahora dejan de comprar. Sin embargo, noticias reverberan a nuestro alrededor con peculiar asiduidad: a estos que siempre han podido comprarse un Picasso la crisis les pasa de lejos. Y el arte, no dejan de decirnos, se basa en crear objetos que no se deprecian con el tiempo. Ya se sabe, en la vida hay dos tipos de cosas, las que se revalorizan, como la vivienda y el arte y las que se deprecian, como el coche y el novio.

El tercer lado (todo tiene un tercer lado) es aquel arte que no produce objeto, o bien el objeto es reproducible y, por tanto, menos vendible. Ese arte no se compra, o se compra poco y es más dependiente que ningún otro de ayudas por parte de instituciones públicas, fundaciones privadas, bancos, etc. Hablo del video, la performance, en menor medida la instalación y, por supuesto, el net.art. Y hablo, claro, del ámbito español.

Sería cómodo aupar arte+crisis en el caso de Barcelona, pero lo cierto es que la crisis financiera, bancaria, económica, nacional, mundial, global, de sistema o de civilización, no es responsable de la deprimente y paupérrima situación del arte en esta ciudad.

Hay factores diversos. Uno de ellos es sin duda un peligroso tic que no solo se le puede achacar a Catalunya. No diré que la cosa sea ibérica o mediterránea, o va más allá. Es una manía que podría parangonearse con el cava. Agite usted una botella de cava y lo que obtendrá serán los quince minutos warholianos en su versión espumoso. Áplíquese este parangón al arte, sumándole una tendencia laboral obcecadamente obsesionada con lo púber y tendrá representado en un santiamén la relación actúal entre la Universidad y el mundillo artístico, al que, por otro lado exagero llamándolo así, pues no es tal mundillo sino a lo sumo villorrio.

Niños-Bala y Niñas-Bala son expulsados cada año de la facultad de Bellas Artes. Se festeja su incorporación laboral con una tronada de euros en distintas selecciones. Se les hace saber que hay una  asociación,  llamada AAVC, que acoge y da nombre, con un carnet “oficial” que permite entrar gratis en ARCO (véase Madrid) y con descuento en el MACBA (véase Barcelona). Se les pregunta y ellos responden consignadamente y con disciplina: “mi discurso es tal-tal”. Uno detrás de otro, como en las jornadas deportivas de un estado totalitario, van mostrando sus créditos, sus deberes, aquello a lo que está obligado, dentro de lo que se supone (porque intuyen) es y debe ser “la condición de artista”. C-V y un invento importado de fuera (en Catalunya fuera quiere decir Europa o Estados Unidos): el statement. Son requisitos sinequanom para ostentar con nobleza el título de “artista emergente”.

Podría enumerar los pros y los contras de esta nominación, la de artista emergente, con la que alguna vez algunos consideran a alguien, de lo cual de ningún modo procede suponer ningunear al resto (aunque inevitablemente es lo que termina ocurriendo). Pero paso. Queda muy chustero eso de hablar de fulanito y fulanita como las Alicia Silverstones y los Macaulay Culkin del arte. En todo caso sí diré: en esta maravillosa Catalunya del siglo XXI todo en arte es como un frenadol: efervescente. Si a los andaluces se les va la fuerza por la boca, al panorama artístico barcelonés se le va una vez se acaba la Moritz. Por lo tanto, querida amiga Alicia S., querido amigo Macaulay C., andaos con ojos. Y, sobretodo, marchaos cuando veáis que el camarero pone mala cara.

Todos los discursos luchan entre sí por convertirse en hegemónicos. Probablemente estemos viviendo esa época post-algo en la que el no va más de la materialización de dicha teoría sea la lucha por el trono marginal, que honra como no lo hace ya el oficialista. Esto desata una guerra infinita. Un bucle espectral. Un reflejo que refleja un reflejo, y así sucesivamente. Hasta que alguien (probablemente yo) se aburra a más no poder.

En arte todos aseguran muy rápidamente que lo más importante es el debate, la discusión, las ideas y el discurso. Pero la realidad mayoritaria del arte en esta ciudad es, como decía Woody Allen en Love and Death, “la nada, el vacío, la no-existencia”.

¿Desde dónde se produce este resonante discurso al que tanto se le menciona, siempre en primera persona? Es lo que le enseñan a uno en la facultad, la construcción gramatical básica: mi casa-mi teléfono-mi discurso.

Si una casa es una vivienda y un teléfono un medio de comunicación, un discurso es  una red de conceptos. La red, de cara a un compromiso con cierto interés, se la debe tejer uno mismo, pero esto sólo es necesario en la teoría. En la práctica lo único necesario es la palabra “discurso”, escrita convenientemente en el formato establecido (“statement”). La red te la pueden tejer otros, que es lo que ocurre a menudo cuando uno de estos Niños-Bala sale expulsado de la facultad de Bellas Artes: cae en redes ajenas. A veces estas redes establecen conexiones que en un next step les viene de perlas. Queda en el ámbito del malabarismo el que el artista emergente dé un next step en condiciones. Tristemente, como diría un documentalista de National Geographic ante una mosquita en una telaraña, lo normal es un brusco stop.

Lo característico de la producción artística catalana es, precisamente, que no produce discurso, sino que lo corrobora. Es decir, en todo momento tiene uno la sensación de que aquí, a diferencia de en otros lugares, las ideas formuladas y establecidas son las que generan las imágenes, y los objetos, y no a la inversa, con lo cual lo que se obtiene es un resultado estéril. En Barcelona, la producción real de discurso está empantanada.

Si en su día hubo una veraz empatía entre formulación crítica y producción artística, de tal modo articulada que apenas eran distinguibles, esto hoy día no sólo no sucede sino que, además, se ha vuelto del revés. Actualmente no hay en Barcelona un aparato crítico sólido, lo cual requeriría, al menos, un cuerpo de exposición y articulación de ideas con una cierta tradición o al menos un cierto ímpetu editorial. Nada hay por estos lares. Hay pinceladas virtuales que me merecen todo el respeto del mundo pero que, desde luego, lejos están de ofrecer el servicio crítico que ellos consideran están haciendo. Y hay, también, artistas. Muchos. Hornadas de ellos. Consignados la mayoría, a la patria, a la bandera, al chiste, al posa’t guapa, al allò que se suposa que ès ésser català (Tothom estima Catalunya, de Ana García Pineda), lo que me indica una fuerte necesidad jerárquica, un deseo por ser integrados y asumidos como parte de la familia, y que, de algún modo, se encuentra en la base de la fascinación que siente el mon artístic català hacia el universo artístico vasco, pero de eso hablaré otro día.

(1) Tal vez la capacidad de cooperación. El otro día, acompañando a una amiga a hacer fotocopias, leí por
encima del hombro de un chico el títular del texto que se disponía a fotocopiar, una pregunta: "¿Inhiben
los estudios económicos la capacidad de cooperación?".

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