La cuestión humana – Nicolas Klotz

Una lengua muerta, neutra, técnica… que ha consumido toda su humanidad… (1)


Un film increíble. Mejor dicho, excelentemente creíble. Con cierta impiedad avanzan las imágenes desde la configuración de un relato frío, seco, sobre el mundo empresarial en esta Europa decadente, hacia una revelación turbadora, terrible: el descubrimiento por parte del protagonista de unos documentos técnicos que relacionan las estrategias de reducción, reorganización y control de los trabajadores por la empresa con la gestión nazi de los presos en el Holocausto: el ser humano como simple mercancía. En determinados momentos, el film nos ofrece una imagen detenida, aunque titubeante: el skyline de una fábrica, con su chimenea de fuego y sus extraños y añejos pirulís futuristas. Poco a poco ciertas imágenes heredadas aparecen para ser contrastadas… Las fábricas… Los campos de concentración… Noche y Niebla, de Alain Resnais. La cuestión humana no refiere ninguna ciencia ficción, no habla del futuro ni de sociedades utópicas, imposibles, inventadas. Ojalá de lo que versaran sus imágenes, sus palabras, esos cuerpos que tropiezan continuamente con el espacio en derredor, fuera de algo inventado, extraído de un sueño, una pesadilla terrible, pero efímera, al fin y al cabo. No es así. Probablemente así hemos pretendido hacer siempre, tratarlo como un mal sueño, como señaló Godard refiriendo a Walter Benjamin en Histoire (s) du cinèma: un mal sueño del siglo XIX. 

No. No fue un sueño. Como lo que ocurrió en este país tampoco lo fue. Ni lo que ha ocurrido en tantos otros países.  Ni lo que está ocurriendo ahora mismo, en Gaza… Nada de eso es un sueño, un mal sueño. Es una realidad desgraciadamente real. 

Y no ha pasado. Esa otra idea… tendenciosa. Todo terminó con la firma de un documento por parte de jefes de estado o cincuenta años más tarde, con un auditorio a rebosar, gente en pie, actores, directores de cine, famosos de esmoquin, de gala, aplaudiendo… un óscar. Y el aplomo suficiente (léase cinismo) de mirar a la Nada-Horizonte de la cámara para agradecérselo y dedicárselo a los supervivientes del Holocausto. Todo terminó ahí. Podemos ir a casa y confiar en que ahora los problemas son otros. Aquello ya pasó.

Puede ocurrir entonces, como ocurre, que no entendamos qué nos ocurre. Pocas sociedades como la nuestra (por no decir ninguna) han sido tan cultas, han tenido un acceso tan generalizado a la información y han estado al mismo tiempo tan negadas, ocultadas y apartadas de su propia historia, hasta el punto de obedecer al imperativo del eterno presente: todo es inmediato o no es.

(Eso es, culta y oculta) 

La cuestión humana niega esa noción de lo inmediato con una firmeza impactante: su pacto lo es con las capas que trazan la gran cuestión: el puente que enlaza un mundo al que hemos acordado que no ocurrió con este mundo nuestro que pensamos libre de toda pena. La columna que vertebra como eje epistémico nuestra insaciable sociedad está ligada a todas sus líneas imperialistas, destructivas, conquistadoras, alienantes, explotadoras, excesivas, humillantes, genocidas… ligada sin remedio. No existen en las sociedades históricas, como se quiere hacer creer, una posición central, moderada, y unos márgenes (históricos, sociales, corporales, etc…) en los cuales se habría producido el aquello incontrolable que resulta de una deformación… Los sucesos horribles, las tragedias, los asesinatos de estado, los distintos genocidios, no son prótesis que la sociedad haya podido quitarse en algún momento, quedando de nuevo inocente y pura.

Vivimos aún bajo una noción de progreso que se plantea desde lo unívoco, desde el caso que se establece como prototipo frente al cual podemos definir el resto como rareza, anomalía (eso es, de hecho, una frontera). Incluso esa lógica se encuentra encerrada en el paradigma científico: el método inductivo. Coronar una verdad que por su misma existencia supone la negación de veracidad del resto, es también la base de la jurisprudencia y, por supuesto, el elemento central de la noción económica de la competencia. A través de tales esquemas, hemos tratado de expulsar siempre lo malo de casa, como algo que no nos correspondía, probablemente para no ceder al remordimiento de culpa (al menos en nuestra pequeña parte del mundo, tan martirizada por el Catolicismo). Sin embargo, y he aquí dónde La cuestión humana muestra una seguridad aplastante, el pasado nos atraviesa de un modo u otro. El pasado nos habla con una voz muy presente. 

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Lo concreto del film de Nicolas Klotz, basado en el libro de François Emmanuel (y, por tanto, lo concreto también del libro) es el tratamiento de las repercusiones del Holocausto desde un análisis del lenguaje. Como dice François Emmanuel, un conocimiento incluso borroso de la historia nos enseña que, en los tiempos de barbarie, el lenguaje es lo que mata en primer lugar, es el lenguaje lo que despoja a quien queremos matar de toda existencia humana. (2) El film supera la previsión de lo horrible a partir del momento en el que el protagonista recibe los anónimos y descubre la carta técnica, un documento real de la Shoah donde se describe paso a paso los procedimientos más efectivos de aprovechamiento productivo con miras a evitar el máximo gasto posible… créanme: no sé cómo escribir esto sin tener la sensación de estar colaborando lingüísticamente con esa técnica despiadada. La cuestión (no humana) es eliminar la palabra que refiera lo humano. Cuando el protagonista nos lee el texto, es imposible no sentirlo: el horror sobreviene con toda su crudeza.

Este análisis del lenguaje  se expande a su vez al discurso sobre lo que acontece en la representación visual del horror. Si bien en el momento de la lectura del texto (punto central del film) la imagen se apaga, se ciñe a un simple plano detalle, en movimiento, de las manos de Simon con el texto de papel (sí, exacto, palabra escrita, que queda…), permitiendo al sonido y la palabra una presencia plena, posteriormente, como parte del desasosiego que le invade al tomar conciencia de haber estado reproduciendo una técnica semejante, Simon tiene una extraña visión (en un tono onírico que parece indicar todo lo contrario, que sale del sueño, despierta), que se diría, aunque de forma muy tenue, que corresponde a una representación básica de ese horror referido. La cuestión (humana, muy humana) es que ni Simon ni nosotros estuvimos allí. ¿Qué relato podemos hacer de aquello?. La propuesta visual de Nicolas Klotz es la pertinencia de los trazados en oposición al hiperrealismo hollywoodiense. No son necesarios excesivos elementos para “remitirse” a aquello. En todo caso, el hiperverismo de películas como Valkiria, de Brian Singer (estrenada recientemente), solo provocan la disolución de la historia en pasajes de estéril inmediatez, que solo buscan justificar la acción, el vil cinetismo, despreciando en el camino la densa realidad de una muerte (de una, hablemos solo de una) como si al dolor por esa muerte podamos poner freno pasando simplemente a una escena siguiente. 

Creo también (y me parece positivo, además), que La Cuestión Humana no busca solo trabajar por y para el análisis. No se conforma con el trazado. No establece tan solo la premisa de relación (la que abandera la idea del lenguaje como síntoma primero de barbarie y su perpetuación en nuestras embalsamadas sociedades actuales), sino que se aventura a intentar redimirlo, redimir el lenguaje. “De hecho”, dice Nicolas Klotz, “La Cuestión Humana es la tercera película de una trilogía sobre el léxico de la muerte de la época actual, y de la invención de un posible contra-léxico, de otro lenguaje”. (3)

Mientras veía el film recordé el famoso epitafio de Walter Benjamin que María Ruido usa como cabecera de su último trabajo, el documental titulado Plan Rosebud. “No hay documento de cultura que no sea a su vez documento de barbarie”. A falta de verlo al completo, no pude sin embargo dejar de relacionarlo con La Cuestión Humana. El documental de María Ruido se presenta como un estudio de las políticas de memoria, estableciendo nexos de vaciado ideológico y resignificación entre lugares de memoria (espacios de control, espacios emblemáticos, etc…) con un pasado político diferenciado (España, Francia y el Reino Unido). Guiado por el epitafio de Benjamin (que es ya en sí, como texto fundido en el objeto-imagen de su lápida, un documento de cultura y un documento de barbarie) Plan Rosebud parece poseer también ese esfuerzo epocal por trabajar desde y para la redención, desde la obligación y el compromiso moral de claridad reflexiva y contundencia analítica, para y hacia la redención de lo cultural, “cualquiera que sea el sentido que se dé al concepto de cultura” (Freud, El Malestar de la Cultura), frente a su innegable relación con el horror, allá donde se encuentre y en la forma en la que se reproduzca. 

Por tanto, en estas fechas, tan dadas al recuento y la calificación de lo mejor y peor del año, La cuestión humana se presenta como un film absolutamente necesario.

 

(1) Del film: último parlamento del actor Lou Castel (en el papel de Arie Nauman)

(2) Cahiers du cinéma España. Noviembre 2008, pag. 18

(3) Cahiers du cinéma España. Noviembre 2008, pag. 21

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