Los Catetos atacan de nuevo

¡Oh, no, los catetos atacan de nuevo!

La cuestión de la carga de arrogante ignorancia y excelentísima bruticia desinformativa que se ha dispuesto desde ese cúmulo de páginas una-detrás-de-otra que es el ABC contra el CGAC y en concreto contra la figura de su, hasta el momento, director, Manuel de Olveira, es grave no sólo por que supongamos detrás una campaña orquestada desde y con intereses de desprestigio de una política cultural determinada, sino ya desde el supuesto más basico y preliminar de una actuación tontona del periodicucho.

Por desgracia, un periodicucho, por más que sea llevado a cabo desde la estupidez, la sinrazón o la enjundia, tiene tirada y se vende y alguien lo lee y contempla sus dibujitos de cronistas rancios.  No es baladí la preocupación por una ética de contenidos y por el tratamiento digno hacia sectores profesionalizados de la producción cultural, sobre todo si tenemos en cuenta la sempiterna e injusta cantinela que acompaña dicho sector.

Me sorprende (aunque tal vez no debería) el sádico lirismo del pensamiento anodino. El anodino es un pensamiento al que normalmente no consideramos. Seguramente hemos pasado miles de páginas de periódicos con pensamientos anodinos reconvertidos en frases mudas que nadie leerá. Sin embargo, en cierto sentido, se comporta como aquella garrapata sobre la que toma ejemplo Patrick Süskind en El Perfume como imagen de su extraño protagonista: un ser con una habilidad extrema para estarse media vida (si es necesario) a la espera, agazapado, escondido, a resguardo, hasta que una simple cuestión de oportunidad criminal le permita caer sobre su presa. Así actúa el pensamiento anodino. Y de tal forma se explica (si es que lo hace) cómo un texto que porta la imbecilidad como espina dorsal asume de repente la jefatura de una especie de proceso moral y económico contra un centro de arte contemporáneo, su director y una serie de artistas con una carrera irreprochable, entre los cuales, por qué no decirlo, hay gente cuyo trabajo admiro y conforma parte de esa estela necesaria y enriquecedora de influencias que toda persona lleva como equipaje cultural.

No entiendo qué extrañeza debe producir el que un artista cobre honorarios por un trabajo realizado. Seguro que el ABC y el señor Jimenez suscriben la (engañosa) campaña del SGAE por la cual el causante de la tan elevada tasa de paro en el sector musical es un adolescente en simbiosis virtual con el emule (y no la forma de repartirse la tarta, ni los tantos por ciento que se lleva cada personaje del sector), sin embargo, al mismo tiempo, no manifiestan reparo alguno en cuestionar los honorarios de una videoartista, como si ésta no tuviera el mismo derecho que Ramoncín a un sueldo digno.

Como ya sabemos desde que Isabel Pantoja debutara en 1974, Ramoncín y Ana Belén, los Tres Sudamericanos y Juan Pardo, Rosarillo y hasta un señor que se pasea por el parque del Retiro y afirma ser el compositor del himno del Estado Español, todos se denominan “artistas” (bueno, la Pantoja es “artistaza”) y todos podrían salir en un anuncio del SGAE exigiendo un canon, poniendo trabas al libre intercambio cultural por internet o, por un módico pellizquito, a cantar “podemos” en la plaza de Colón de Madrid delante del equipo nacional de fútbol. Todos lo harían con la misma sonrisa con la cual un participante de la séptima edición de Gran Hermano aceptaría cobrar por un posado desnudo en una playa de Las Palmas.  Y así, juntos, hacerle vun verdadero homenaje a nuestro fantástico paisaje cultural, ese “más allá” de lo Almodovariano y el oscar, aquel por el cual nos deberían conocer en todos los rincones abruptos y ojerosos del planeta.

¿Puedo leerles el pensamiento? Lo que piensan el ABC y el señor Jimenez es que al fin y al cabo en esos rincones abruptos y ojerosos a quienes conocen es al artista Messi, al artista Rafael Nadal y al Museo del jamón, y no a la artista María Ruido, ni al artista Francesc Ruiz, a los cuales tan solo los conocen los que son de la misma calaña; que es una pena que se derrochen miles de euros en estos artistas que nadie conoce cuando se le podría comprar una equipación nueva al SD Compostela o evitar que el pobre artista Fernando Alonso tenga que bajarse el sueldo. Con lo que sobre siempre se le podría regalar una botella de Rioja al artista Joaquín Cortés, para que se la lleve de gira al Japón, que allí el vino está por las nubes.

Y ya puestos, habida cuenta de que el Pazo de Meirás resulta que es Bien de Interés Cultural y esa pobre gente que lo ocupaba hasta el momento va a salir tan mal parada del asunto, pongamos un poco de justicia en la cultura de este país y dejémosle el CGAC como vivienda de protección oficial. Total, para culturizarnos ya tenemos el pilates, el spinning y el jabón La Toja… Para qué querer más, ¿no es cierto, señor Jiménez?

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Información del asunto ABC arremete contra el CGAC:

Ypsite Blog

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