Sergei Parajanov – Sayat Nova (1966)

Mosaico Parajanov

(Fran Benavente – cahier du cinèma Esp. Junio 2009)

Igor Savchenko, su maestro en la escuela de cine estatal, animaba al joven Sergei Parajanov a dar forma plástica a sus pensamientos. La idea cinematográfica debía pasar por el dibujo. De este modo, en Parajanov el cine se asoció desde el principio a una actividad artística más amplia, a la que se sumaron el teatro, la música y la literatura. Más tarde, en el confinamiento y el ostracismo, el arte fue su tabla de salvación, un modo de supervivencia.

Decía el propio cineasta que sus películas tenían en común una estructura plástica y un determinado estilo. Podemos extender ese aire de familia a toda su práctica artística y a su propia persona, capturada en fotografías y autorretratos. Del mismo modo que su cine se cifra a veces en tableaux-vivants, sus cuadros se animan en ritmos vivaces. Todo pertenece a un mismo universo: el conservado en las estancias del museo Parajanov de Ereván, Armenia.

Allí ocupan un lugar destacado las formas del collage, el ensamblaje o el mosaico. El trabajo de descomposición y recomposición de elementos diversos reunidos más allá de cualquier inmediata relación narrativa; la yuxtaposición de planos que reincide en el valor simbólico de los fragmentos y en su cualidad compositiva, en la vibración de sus materias, es una constante en la poética antinaturalista del autor de El color de la Granada (Sayat Nova, 1966). La disposición formal, el borrado de la profundidad, el tejido de las capas y niveles en la superficie; la influencia de la vía espiritual de la pintura iconológica y la voluptuosidad de arabescos y colores de la miniatura islámica, determinan también su arte, aunque éste juegue más abiertamente con referentes de la cultura europea.

Parajanov fue también un artista de los muñecos. Las marionetas remiten a la inocencia infantil, a lo maravilloso de la leyenda o del cuento para niños. Su modelado nos recuerda el trabajo de Parajanov con los actores de su cine, su cuidada caracterización, su gestualidad fijada y medida, la ausencia de psicología, el movimiento musical, el rostro como máscara que también reaparece en sus cuadros. Finalmente, en la obra del autor armenio ocupan un lugar destacado objetos singulares: los sombreros, los libros, las vasijas, las frutas o las flores; una colección de fragmentos de la belleza del mundo, signos del alfabeto espiritual secreto de un cineasta que concibió la vida como arte y el arte como vida.

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