Como arbolitos de Navidad a mediados de enero (Sobre la impostura)

 

Un año hará en breve, si no hoy, que no escribo aquí. ¿A qué he sido reacio durante tanto tiempo? A la impostura del formato, que se colaba en la escritura. Empujaba, ayudado por la inercia de los días, con una fuerza cada vez mayor, aún cuando había empezado como las serpientes, deslizándose a ras de suelo. Pero un buen día llegó un ánimo diferente y me dije que ya no me apetecía continuar la misma senda, pues a lo único que me dedicaba era a resistir a desgana esa fuerza de paso y pose, la fuerza de lo nuevo. La resistía sonriente y turulato, lo cual no era sino otra impostura, consecuencia de la que me presionaba a cada momento para escribir. Así que, concluí, toda esta maquinaria estaba asegurándose su reproducción, pues una impostura no da lugar sino a otra, de una impostura no cabe otra cosa más que otra impostura, ninguna reacción, por enérgica y auténtica que aparente ser, se librará de la tediosa insipidez de la impostura frente a la que reacciona. Y, por lo tanto, de una impostura sobran incluso hasta las reacciones más virulentas que ella provoque en su contra. Ambas están unidas irremediablemente por la línea absurda de lo innecesario.

La RAE afirma que una impostura es un engaño o una mentira que pasa por verdad, también una acusación falsa y malintencionada. Yo digo que es mucho más que eso. Toda impostura es simulación. Toda impostura simula ser verdad. Esto quiere decir que ha de poseer aparentemente algo antiguo y genuino, tal y como poseen las verdades. Lo que es absolutamente propio de la verdad es su carácter viejo y genuino. La verdad siempre es antigua, y siempre actua en propiedad, diferenciada de todo lo demás por derecho propio, es decir, no adquirido. De hecho, la verdad es siempre de hecho, esto es, más antigua incluso que el Derecho. Una verdad no ha de vérselas ante ningún tribunal. Y la cuestión problemática de la verdad en nuestra sociedad es precisamente que surge de tribunales. Es, por así decirlo, una verdad nueva, reconstruida y diferida. No hemos podido o sabido hacerlo de otra manera. Llámenle temor o cobardía, desconfianza o rencor, toda verdad en nuestra historia ha surgido de algún tipo de  Carta Magna, bien sea el de la Cultura, el Derecho o la Historia. Pero tal verdad no es sino una prescripción de la verdad, su codificación, su letra.

Los filósofos posmodernos abrieron la puerta de nuestro estúpido coche y tiraron esa verdad a la cuneta. Vieron que cargábamos con un cadáver maloliente y apelaron al principio de lo que es extrictamente pertinente. Ese cadáver no le pertenece a nuestro vehículo, sino a la carretera, porque al fin y al cabo ese es su modus vivendi: el del bulto contra el que ha de tropezar todo vehiculo, repetidamente, en algún momento. Al muerto no hay que llevarlo con uno, pensaron. Al muerto hay que embestirlo. Muchos se empeñan en vestir al muerto, pero, repito, de lo que se trata es de embestirlo. El cadáver de esa verdad (cuya vida hemos situado en un momento mítico, anterior a la Ley) tiene, por lo tanto, su lugar en nuestra sociedad y estos filósofos dijeron: ese lugar es, sin duda alguna, la carretera. Toda verdad, en un sentido material, es un cadáver putrefacto en medio de una carretera[1].

Pero esta filosofía posmoderna de algún modo fue mal entendida, o mejor dicho, mal asimilada. Ok, tiremos el cadáver, pero vamos a dejar su lugar vacío en el coche, como si aún siguiera ahí. Doblamos entonces la impresión de estupidez que ya teníamos cuando portábamos al verdadero cadáver de la verdad. Porque ahora funcionamos al respecto exactamente igual que antes (le damos conversación, le preguntamos por su familia, su pasado, le ofrecemos algo de beber, un cigarrillo, le pedimos consejo, le declaramos nuestro amor, nuestras ganas de sexo o nuestra antipatía, pero no nos responde, porque es un cadáver) con la notable diferencia de que “ahí” ya no hay nada. Y si antes quien no nos respondía era un cadáver en estado de putrefacción ahora no obtenemos respuesta alguna de un simple espacio vacío.

¿Por qué hemos olvidado que, no hace mucho, hemos abierto la puerta del coche en marcha, le hemos propinado tremenda patada a un cadáver y éste ha ido a parar al lugar del que no tendría que haber salido nunca? Porque le debíamos algo. También por una cuestión de hábito. Pero sobre todo creo ver un asunto más o menos intrincado y no resuelto con el cadáver, como si llevara un secreto consigo, tatuado en alguna parte de su cuerpo, como el personaje de The Pillow Book. Es decir, que ese cadáver era una carta, portaba un mensaje que debía ser conducido a algún sitio, algún destino tenía y eso es seguro, pues como bien se sabe, existen las cartas sin remitente, pero no sin destinatario.

Si el cadáver de la verdad escondía una carta, o más exactamente, si el cadáver era en sí una carta, un mensaje, conducirle a su destino se volvía necesariamente el motivo del viaje. Esto no quiere decir que el viaje tuviera un sentido, otorgado y legitimado por la presencia del cadáver en tanto carta, sino precisamente todo lo contrario: el viaje no tenía sentido alguno.

El viaje en coche no sólo no tiene sentido alguno porque a nadie se le ocurriría viajar con un cadáver, sino porque ninguno de los pasajeros sabe hacia dónde se dirigen, solo el cadáver, que nada puede decir ni hacer más que pudrirse.

Mirándolo así, toda la labor de los filósofos posmodernos podría parecer un ejercicio de surfing. Ya que la nueva ola es la del sin sentido, conduzcámonos a través de ella con todo el buen hacer que nuestro oficio nos permite y eso significa, incluso, un doble salto mortal: si viajar en un coche con un cadáver hacia algún lugar sólo conocido por el cadáver ya es de por sí de un sin sentido tremendo, desprenderse del cadáver resulta, como poco, la más bella de las acciones con las que uno pueda dejar desarmado todo intento de recuperar sentido alguno.

Hallanse entonces los pasajeros de ese coche sin cadáver absortos en la encrucijada de tener que dirigirse hacia alguna parte que desconocen para entregar un mensaje que acaban de tirar a la cuneta de una carretera perdida. Esta es, en resumidas cuentas, el estado de la cuestión respecto a esa verdad de tribunales, tal y como nos la brindaron los filósofos de la posmodernidad. Parecería que a continuación debiera surgir un acto de responsabilidad (eso esperarían, quizás, estos filósofos). Los pasajeros del coche deberían como poco mirarse los unos a los otros y comprender la nueva situación. Eso es un acto de responsabilidad: tratar al menos de establecer parámetros de acción de acuerdo a las condiciones reales de existencia material. Y sin embargo, ¿qué hacen? continúan viajando, como si nada. Nadie ocupa el lugar del cadáver, un extraño respeto que no puede indicar nada bueno. A los cinco minutos uno de los pasajeros se vuelve hacia ese espacio vacío y pregunta algo, como por ejemplo, “¿de dónde me habías dicho que venías?”.

El cadáver, que, no lo olvidemos, de estar ahí tampoco respondería, no está, y por lo tanto no se produce respuesta alguna. Pero tal cosa no parece inquietarle a nadie, entienden que esta situación anómala no lo es tanto, que el silencio como respuesta es, por el contrario, perfectamente lógico. Y por primera vez en toda esta historia, de repente, surge, por así decirlo, un pequeño indicio de sentido. Aunque de momento nos sorprenda (ya veremos luego cómo en el fondo nada tiene de sorprendente), los pasajeros encuentran esa nueva situación realmente cómoda, se acopla a sus expectativas del trayecto, que no eran otras más que las propias de la desidia.

Tuve una amiga que quedaba con su amante para dar vueltas en coche por la M30 de Madrid. A veces conducía uno y a veces otro. Una parte de la M30 la hacía uno, luego paraban, se cambiaban de lugar, y continuaba la otra. Y todo ello conformaba el espacio ideal de su amor, de su tutto insieme.  ¿Puede haber algo más hermoso y entretenido que dar vueltas y vueltas, una tarde tras otra, por la M30 de Madrid? Creo que he formulado una de esas preguntas que no merecen respuesta.

Habiamos visto que la impostura urge de la simulación de verdad, pero de una verdad muy diferente a la categórica, una verdad de pronunciamiento, de competición, pugna y victoria. Una verdad como rasgo de un sistema político y económico. Quiero dejar muy claro la diferencia entre una verdad y la otra, su cadáver. La primera, no lo olvidemos, es mítica, y sólo se encuentra tras un proceso de deconstrucción y arqueología de las fuentes del saber y lo social. La segunda es real y material. Parece antigua, y lo es sólo de la misma forma que un fotograma en una película. Un fotograma sucede al anterior a través de la (re)atribución de todos sus elementos, de tal modo que sea reconocible por el espectador como continuación. Pero al mismo tiempo, todo fotograma borra al anterior, lo anula, lo hace desaparecer, lo extingue para siempre, presentándose como por primera vez. Un fotograma no tiene pasado, pues en tal caso no habría sensación de movimiento. Exactamente igual funciona esta verdad. Se atribuye la antigüedad de la verdad mítica, pero sólo a partir de un acto de sustracción de todas las verdades anteriores a ella, a las que anula, como nuestra civilización ha anulado a las precedentes. Si la verdad mítica es ahistórica en cuanto precede a la Ley, este cadáver de la verdad es ahistórico en cuanto evita encadenarse a todo registro de pasado, proclamando con su embestidura: “he aquí el principio de todo…” Desenmascarar ese ahistoricismo disfrazado de historia antigua fue el objetivo por el que trabajaron muchos de los filósofos de la posmodernidad. De ahí determinaron que la verdad que manejábamos distaba de la verdad mítica lo que un cuerpo frío dista de uno caliente.

Al tirar el cadáver de la verdad a la cuneta, estos filósofos esperaban ocasionar, quizás, un grado cero, un estado de emergencia en el que fuera preciso recomenzar socialmente desde parámetros de verdad construidos, ahora sí, en función de su potencial emancipatorio. Claro que, para ellos, la cuestión consistía en no referir ni necesitar la idea de verdad. “Los pasajeros del coche, ahora sin cadáver, deben ser lo suficientemente listos, como para entender que no hay otro sentido más que el que se negocia colectivamente, que nada hay de positivo en depositar el sentido en un muerto, por más que sea el ilustre cadáver de la verdad”.[2]

Sin embargo, a los pasajeros del coche les resulta mucho más cómodo hacer como que el cadáver sigue ahí que plantearse ocupar su espacio. Si del postestructuralismo surgió la simulación, tal y como la relataba Baudrillard, no fue por la dinamitación de la idea de verdad (muchas verdades = ninguna), sino por su reproducción telemática, por su capacidad para el espectralismo, por su potencial fantasmagórico (¿la única verdad? = no hay verdad = esto es ya una verdad, que surge de la ausencia y siempre está no estando nunca).

Impostura entonces la de los pasajeros al aceptar la ausencia del cadáver como una presencia efectiva.

Y entonces, como ya dije, la historia que aquí se narra da una curiosa pirueta. Y la herencia de los filósofos posmodernos, al menos de momento,  en vez de consistir en un acto de responsabilidad (ante el sin sentido) resulta ser una simulación de sentido (la del sin sentido).

Tengamos en cuenta que los pasajeros rara vez miraban cara a cara al cadáver. Tampoco ahora ninguno se atreve a enfrentarse al espacio vacío. Miran hacia delante, a la carretera. A ambos lados, al paisaje. Y este autoengaño es lo que configura el sentido de lo que hacen, por absurdo que parezca.  La simulación, la impostura, les ha dado la oportunidad del sentido. Le ha dado la oportunidad al sentido.

Por lo tanto podemos redefinir la impostura alegando al sentido. La impostura ya no es el engaño que pasa por verdad, sino el (auto)engaño que pasa por tener sentido. El cine actual está repleto de ejemplos donde la cuestión a resolver, el dilema, el conflicto, como lo quieran llamar, no es la posible verdad oculta bajo un complejo entramado de interpretaciones, engaños, falsas pruebas y mentiras, sino, precisamente el dislocamiento engorroso de lo que podría ser verdad, pero carece de sentido y lo que podría no serlo pero, eso sí, al menos tiene sentido. En estos films, que comienzan con una verdad secuestrada, a la que hay que recuperar a toda costa, a mitad de la historia se diría que los personajes pierden todo interés por ella. El tortuoso camino hacia la verdad termina resultando la única cosa verificable. Y en los personajes se produce entonces un cambio, aparece en ellos un mórbido regusto por su incómoda e injusta situación, deseando íntimamente postergar todo momento de desenlace. Descubrimos entonces que la persecución real no es en pos de la verdad sino en el del sentido de la propia persecución. (Pienso en Zodiak, de David Fincher, aunque hay numerosos ejemplos, sobre todo en el cine y la televisión policial norteamericanos, desde El caballero oscuro a Dexter y su oscuro pasajero). Todos estos casos ofrecen un vivo ejemplo de la impostura como rasgo y carácter que ha adquirido una tipología psicológica fácilmente reconocible e identificable por parte del espectador. Las dobles vidas, las identidades secretas, y todo este readymade de la teoría psicoanalista freudiana son hoy el pan de cada día en gran parte de la producción cultural. Vergüenza nos da hablar de “verdad”, “sentido” tiene en cambio mucho más sentido.

Pero es un sentido disfuncional el de la impostura (tal y como le corresponde a un sentido-sin sentido). Nada tiene que ver con el sentido religioso o cualquier otro de los grandes metarrelatos. Espejo de la indefensión y el miedo, nos regala un agujero en la tierra, en el que intermitentemente podemos meter la cabeza y pensarnos a salvo. O dar vueltas y vueltas con el coche y suponer que todo permanece exactamente igual que siempre, que la vida es una eterna curva que lleva de un mismo sitio a otro idéntico.

Y, así, con tal de tener una rama a la que aferrarse, por falsa que resulte, en las aguas turbulentas de este siglo XXI continuamente en crisis, nos hemos convertido, poco a poco, en sonrientes cubos de basura, sin ánimo ni intención alguna de confesar que realmente nos sentimos como arbolitos de navidad a mediados de enero.

 

 


[1] Otra cosa sería preguntarse por el crimen, es decir, qué mató la verdad mítica, pero tal pregunta no es asunto de este texto. Lo cierto es que ni siguiera la verdad lo es.

[2] No contaban, sin embargo, con la aparición del fantasma. Derrida lo vio. Y Deleuze, de algún modo, también

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