EL PARO NO ES EL ENEMIGO, EL ENEMIGO ES EL TRABAJO* – GRUPO SURREALISTA MADRID

Una de las consecuencias más nefastas de la crisis económica que hoy arrasa el mundo capitalista es la definitiva deificación del trabajo como el bien más alto, como ideal absoluto, como deseo máximo, como causa última de felicidad. Cuanto más escaso es el trabajo como medio de garantizar la subsistencia diaria, más se lo identifica con un fin metafísico de la conciencia humana. El resultado de esta operación mental no es otro sino la parálisis de la voluntad, del pensamiento y de la imaginación del cuerpo social, que electrocutado por las connotaciones religiosas que ha revestido el acto de la pérdida o ganancia del trabajo (condenación o gracia eterna) no es capaz de inventar, intuir o desear otro orden de cosas en el que esta angustia sencillamente no exista.

En otras palabras: el tiempo de ocio forzado del parado podría convertirse en tiempo de ocio rescatado si el planteamiento, en vez de «¿encontraré trabajo hoy?», se convirtiera en «¿Qué me apetece hacer hoy?» considerando aquellos bienes materiales que necesite no como algo prohibido sino como algo que en justicia le pertenece en virtud de su condición de ser humano, más aún, de ser humano humillado. Conducta delincuente si la acción es individual o de unos pocos, acción revolucionaria si es compartida por la mayoría.

El punto central se traslada así del trabajo a la vida, y la una niega al otro. El desprestigio del trabajo debería empezar a ser absoluto, y con él la ética del sacrificio, la esclavitud, la obediencia y la servidumbre. El lema sería: «¡TRABAJAR NUNCA!», y su aplicación inmediata,«¡EN ESTAS CONDICIONES, MENOS TODAVÍA!»

Así, ejércitos de objetores del trabajo, ocupando las calles y los sueños, improvisando nuevos comportamientos y nuevas relaciones sociales, supondrían una amenaza mucho más temible que cualquier huelga.

(*) Octavilla-detornación de un carnet del paro, repartido en la «huelga general» de 1993

(Fuente: Caosmosis)