Como arbolitos de Navidad a mediados de enero (Sobre la impostura)

 

Un año hará en breve, si no hoy, que no escribo aquí. ¿A qué he sido reacio durante tanto tiempo? A la impostura del formato, que se colaba en la escritura. Empujaba, ayudado por la inercia de los días, con una fuerza cada vez mayor, aún cuando había empezado como las serpientes, deslizándose a ras de suelo. Pero un buen día llegó un ánimo diferente y me dije que ya no me apetecía continuar la misma senda, pues a lo único que me dedicaba era a resistir a desgana esa fuerza de paso y pose, la fuerza de lo nuevo. La resistía sonriente y turulato, lo cual no era sino otra impostura, consecuencia de la que me presionaba a cada momento para escribir. Así que, concluí, toda esta maquinaria estaba asegurándose su reproducción, pues una impostura no da lugar sino a otra, de una impostura no cabe otra cosa más que otra impostura, ninguna reacción, por enérgica y auténtica que aparente ser, se librará de la tediosa insipidez de la impostura frente a la que reacciona. Y, por lo tanto, de una impostura sobran incluso hasta las reacciones más virulentas que ella provoque en su contra. Ambas están unidas irremediablemente por la línea absurda de lo innecesario. Sigue leyendo

Cita: Eclipse en Berlín – Iván de la Nuez

Última sombra en Berlín: ¿hasta qué punto se puede hablar de esa modernidad esquivando el fascismo y el comunismo; sin el campo y el muro, las SS y la Stasi? Para una crítica del liberalismo, sobre todo para ella, es importante pensar y explicar estos agujeros negros de la tradición occidental, esos astros relativamente apagados. De hecho, uno de los eufemismos de ese liberalismo, en su pretendida historia feliz, ha sido, precisamente, dejar al fascismo en las afueras de la modernidad. Como si el capitalismo no hubiera producido -bajo la luz radiante de la raza perfecta, de Ford y de IBM- al fascismo. Si el capitalismo existe hoy con una relativa tranquilidad, y con muy escasa originalidad, es porque aún puede presentarse como alternativa a esos males peores. De ahí que sus contradicciones, también en Berlín, parezcan remezcladas por un dj. Nos suenan, actuales y digeribles, propias de ese limbo entre ingenuo y utópico en que suele extasiarse la cultura contemporánea. Es sabido que las utopías, esos mundos sin lugar, huían a toda costa de las sombras; La ciudad del sol llegó a llamarse la de Campanella. Pero sólo los fantasmas no producen sombras. Los grandes horrores -como los del fascismo o el estalinismo-, sí. Las grandes obras -la de Georg Simmel, sin ir más lejos-, también.

(Fuente: www.ivandelanuez.org)